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jueves, 29 de septiembre de 2011

Literatura... ¿de ficción?

Mi lectura nocturna en estos momentos es Solar, de Ian McEwan (Anagrama, 2011; traducción de Jaime Zulaika). Su protagonista es Michael Beard, un expremio Nobel de Física cuyas glorias investigadoras ya pasaron, pero que consigue vivir una confortable, aunque azarosa, vida laboral aprovechando su prestigio (mientras se tortura con una relación amor-odio con su mujer; hasta aquí he leído yo). Este aura de prestigio le basta a Beard, quien no escribe ni investiga nada hace ya muchos años, para poner en marcha y ser designado director de un recién creado centro público de investigación en ciencias ambientales. En la página 33 encontramos una irónica e inteligente descripción del nacimiento y comienzo de rodaje de la organización y de sus vivencias en este nuevo e incomprensible medio:
El Centro empezó a tomar forma con una lentitud entumecedora. Se instalaron pasarelas de tablones sobre el barro  -un avance enorme-, después aplanaron el barro y lo sembraron, y para el verano había céspedes con senderos y el lugar llegó a asemejarse a cualquier otro aburrido instituto del mundo. Equiparon de nuevo los laboratorios y finalmente desmontaron los barracones provisionales [...] Contrataron a más personal: conserjes, equipos de limpieza, administradores, técnicos y hasta científicos, y a un equipo de recursos humanos para seleccionar a estos profesionales. Una vez alcanzada una masa crítica, se inauguró una cantina. Y alojados en un elegante pabellón de ladrillo, adyacente a unas barreras rojas y blancas, había una docena de guardas de seguridad con uniformes azul oscuro, que se trataban jovialmente entre ellos y eran severos con casi todos los demás, y que parecían creer que el lugar les pertenecía esencialmente y que el resto de la gente eran intrusos.
En todo este tiempo, ni uno solo de los seis posgraduados accedió a un mejor empleo en Caltech o el MIT. En un campo atestado de toda clase de prodigios, sus currículos eran excepcionales. Durante largo tiempo, Beard, que siempre había tenido  problemas para reconocer caras, especialmente las de los hombres, no pudo o no quiso hablar con ellos a solas. Su edad oscilaba entre los ventiséis y los veintiocho y todos medían más de uno ochenta. Dos llevaban coletas, cuatro tenían idénticas gafas sin montura, dos se llamaban Mike, dos tenían acento escocés, tres llevaban una cinta de color alrededor de la muñeca, todos vestían vaqueros descoloridos, zapatillas de deporte y chándal. Era mucho mejor tratarles por igual, de un modo algo distante, o como si fueran una sola persona. Mejor no insultar a un Mike reanudando una conversación que podría haber mantenido con el otro, o suponer que el tipo con coleta y gafas, acento escocés y sin cinta en la muñeca era único o no se llamaba Mike. Hasta Jock Braby [el administrador del centro] hablaba de los seis como "los coletas".
Leyendo esta descripción he recordado algunas vivencias similares, tanto siendo yo de "los coletas", como estando, años más tarde, en posiciones más parecidas a la de Beard.Y, sobre todo, no he podido evitar fantasear sin malas intenciones cambiando el nombre Beard por Barbacid o Fuster, con todo mi respeto y admiración por ellos (y por sus "coletas").

lunes, 29 de agosto de 2011

Lecturas de verano: (y 6) Ensayo sobre la ceguera

Naturalmente, aunque no lo parezca por las cinco anteriores entradas sobre mis lecturas de verano, la inmensa mayor parte de todo lo que he leído durante mis vacaciones ha sido literatura (claro que habrá quien no esté de acuerdo con esta última afirmación, dado que lo primero que me metí entre pecho y espalda fueron los dos últimos tomos de la trilogía Millenium: no es 'buena literatura', probablemente, pero sí una lectura extremadamente adictiva).

Para purgar mis mundamos pecados, he terminado las vacaciones con un libro de terror, quizá el más terrorífico que he leído en mi vida después de It, de Stephen King. Claro que It sí es de un autor clásico de "libros de terror" y el que acabo de leer es del ausente y añorado José Saramago. El estremecedor libro al que me refiero se llama Ensayo sobre la ceguera y este es su argumento: "Un hombre parado ante un semáforo en rojo se queda ciego súbitamente. Es el primer paso de una 'ceguera blanca' que se expande de manera fulminante. Internados en cuarentena o perdidos en la ciudad, los ciegos tendrán que enfrentarse con lo que existe de más primitivo en la naturaleza humana: la voluntad de sobrevivir a cualquier precio" (así resume la editorial, en su contraportada, el argumento del libro).

Y leo en las páginas 379-380, con el peculiar estilo de su autor: No sé cómo vamos a sobrevivir si el calor aprieta, toda esa basura pudriéndose por ahí, los animales muertos, quizá también personas, debe de haber gente muerta en las casas, lo malo es que no estemos organizados, debería haber una organización en cada casa, en cada calle, en cada barrio, Un gobierno, dijo la mujer, Una organización, el cuerpo también es un sistema organizado, la muerte no es más que el efecto de una desorganización, Y cómo podría organizarse una sociedad de ciegos para que viva, Organizándose, organizarse ya es, en cierto modo, tener ojos.

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PS.- Quiero agradecer a la revista ENE de enfermería y, personalmente, a Andoni Carrión, la entrevista que incluyen en su número monográfico sobre enfermería 2.0 con el modesto autor de este blog, en la apreciada compañía de muy ilustres blogueros. Todos, menos yo, enfermeras o enfermeros. Un honor.