Mi lectura nocturna en estos momentos es
Solar, de
Ian McEwan (
Anagrama, 2011; traducción de Jaime Zulaika). Su protagonista es Michael Beard, un expremio Nobel de Física cuyas glorias investigadoras ya pasaron, pero que consigue vivir una confortable, aunque azarosa, vida laboral aprovechando su prestigio (mientras se tortura con una relación amor-odio con su mujer; hasta aquí he leído yo). Este aura de prestigio le basta a Beard, quien no escribe ni investiga nada hace ya muchos años, para poner en marcha y ser designado director de un recién creado centro público de investigación en ciencias ambientales. En la página 33 encontramos una irónica e inteligente descripción del nacimiento y comienzo de rodaje de la organización y de sus vivencias en este nuevo e incomprensible medio:
El Centro empezó a tomar forma con una lentitud entumecedora. Se instalaron pasarelas de tablones sobre el barro -un avance enorme-, después aplanaron el barro y lo sembraron, y para el verano había céspedes con senderos y el lugar llegó a asemejarse a cualquier otro aburrido instituto del mundo. Equiparon de nuevo los laboratorios y finalmente desmontaron los barracones provisionales [...] Contrataron a más personal: conserjes, equipos de limpieza, administradores, técnicos y hasta científicos, y a un equipo de recursos humanos para seleccionar a estos profesionales. Una vez alcanzada una masa crítica, se inauguró una cantina. Y alojados en un elegante pabellón de ladrillo, adyacente a unas barreras rojas y blancas, había una docena de guardas de seguridad con uniformes azul oscuro, que se trataban jovialmente entre ellos y eran severos con casi todos los demás, y que parecían creer que el lugar les pertenecía esencialmente y que el resto de la gente eran intrusos.
En todo este tiempo, ni uno solo de los seis posgraduados accedió a un mejor empleo en Caltech o el MIT. En un campo atestado de toda clase de prodigios, sus currículos eran excepcionales. Durante largo tiempo, Beard, que siempre había tenido problemas para reconocer caras, especialmente las de los hombres, no pudo o no quiso hablar con ellos a solas. Su edad oscilaba entre los ventiséis y los veintiocho y todos medían más de uno ochenta. Dos llevaban coletas, cuatro tenían idénticas gafas sin montura, dos se llamaban Mike, dos tenían acento escocés, tres llevaban una cinta de color alrededor de la muñeca, todos vestían vaqueros descoloridos, zapatillas de deporte y chándal. Era mucho mejor tratarles por igual, de un modo algo distante, o como si fueran una sola persona. Mejor no insultar a un Mike reanudando una conversación que podría haber mantenido con el otro, o suponer que el tipo con coleta y gafas, acento escocés y sin cinta en la muñeca era único o no se llamaba Mike. Hasta Jock Braby [el administrador del centro] hablaba de los seis como "los coletas".
Leyendo esta descripción he recordado algunas vivencias similares, tanto siendo yo de "los coletas", como estando, años más tarde, en posiciones más parecidas a la de Beard.Y, sobre todo, no he podido evitar fantasear sin malas intenciones cambiando el nombre Beard por Barbacid o Fuster, con todo mi respeto y admiración por ellos (y por sus "coletas").
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