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jueves, 23 de agosto de 2012

Funcionarios (III)

Comentaba en la entrega anterior de esta larga entrada que el funcionariado es el origen profesional principal de la clase política. De ahí que el acoso gubernamental al funcionariado que se ha venido produciendo en los últimos años y que se ha recrudecido en los últimos meses, hasta llegar a convertirse en un verdadero ensañamiento, tenga algo de fratricida.

Señalaba hace unos días Víctor Lapuente, en un atinado artículo de opinión en el diario El País, que la carrera política de los funcionarios tiene su punto de partida cuando acceden a los puestos funcionariales de libre designación (cuyos niveles iniciales son definidos con mayor o menor liberalidad por las comunidades autónomas, pero que pueden empezar a partir de las jefaturas de servicio) y, desde ellos, a los cargos político-funcionariales (director general, subsecretario...) o directamente políticos dentro de la administración general (secretario de estado, consejero, ministro) o institucional (empresas y fundaciones públicas).

Bien es cierto que las castas funcionariales nutricias del establishment político son las de los cuerpos superiores. Si bien estas castas funcionariales están sufriendo recortes retributivos y de efectivos, no es menos cierto que tienen mayores niveles salariales y complementos retributivos, a veces verdaderamente creativos para esconder la indignidad que conllevan, tanto del ordenante como del receptor.

El interfaz entre funcionarios en llegada (puestos que empiezan a ser importantes, mejor retribuidos, más difíciles de alcanzar si no se obtienen ayudas) y políticos en salida (los puestos más de base del escalafón político, por tamto los más accesibles para que te enchufen cuando inicias tu carrera política) es complejo, como un sistema de capilares que nutre unos tejidos muy exigentes en cuanto a fidelidades, no ya solo partidarias, sino de grupo o incluso individuales: Si hoy estás conmigo, tendrás que apostar a muerte por mí, porque si no mañana, para quien eventualmente me sustituya  -aunque sea de mi/nuestro mismo partido, no te creas-  serás indigno de confianza, ya que me ayudaste a mí a crecer y no a él a llegar.

Se trata de un esquema sistemático de corrupción institucional. El funcionario que, legñitimamente, quiere crecer profesionalmente, llega un momento en que tiene que empezar a vender su alma al diablo, a ofrecer fidelidades políticas que nunca hubiera ofrecido y a actuar sin  la objetividad administrativa que aceptó como leit motiv profesional, para poder llegar a los puestos donde realmente podría ser de mayor utilidad a su administración pública y a la ciudadanía; pero cuando llega es cuando ya se ve obligado a traicionar sus convicciones de servicio público.

Esto no sucede de un día para otro (salvo que se trate de un trepa muy bien relacionado), sino que se trata de una carrera, como la del yonqui, en la que cada paso dado hace  muy difícil volver atrás. Tu vida profesional pasa a depender de tu protector, que puede enviarte de nuevo a los infiernos para, como Sísifo, tener que empezar a ascender de nuevo por la inhóspita y escarpada montaña de la función pública.

Y aquí, ahora, ya sólo quedan cuatro estrategias:
  • La más improbable, el downsizing, renunciar a esos puestos tan codiciados, a conquistar el ochomil, y asentarte en un confortable campamento base.
  • La más arriesgada: abandonar la expedición y tratar de ponerte en valor en el mercado.
  • La más aventurera, decidir abandonar esa zona gris para dar el salto definitivo a la política institucional, primero de la mano de tu chulo, apuñalándolo después para servir a otro con mayores influencias, trabajando mucho tu perfil orgánico con los compañeros de partido y, finalmente, tratando de llegar a la Política (con mayúsculas), donde, si no lo haces demasiado mal, podrás saltar de una administración a otra, quizás al parlamento regional, algunos consejos de dirección bien remunerados y poco exigentes, un día tal vez consejero o secretario de estado... ¿porqué no ministro (viendo lo visto)?
  • Y la más fácil, aquella en la que el funcionario práctico planifica una carrera eficiente, tratando de no significarse mucho  -es decir, dejando que los méritos se los apunte su jerifalte del momento-, consolidando nivel tras nivel, hasta llegar a la mítica vocalía-asesora-nivel-30, donde uno tiene garantizados de por vida 50.000 o 60.000 euros anuales (dependiendo de los trienios). Con la ventaja de que, como has tenido tantos protectores eres demasiado promiscuo como para que nunca nadie vuelva a tratar de seducirte, asñi que no te molestan  mucho. Lo que hagas en los ¿15, 20 años? que te quedan para jubilarte es cosa tuya, hay dos caras de la moneda. En la Cara A, se estudia y se mantiene uno actualizado, publica artículos, acude a congresos, hace informes de oficio  -que en general nadie lee-, realiza su doctorado y trata de ser un buen servidor público cuando le dejan. En la Cara B, uno considera el puesto una canonjía que se ha ganado a pulso y dedicará el resto de su vida a  vivir del cuento, trincar los 4.000 euros mensuales y aprovechar las circunstancias para realizar actividades de influencia más o menos reprochables, más o menos provechosas. Yo conozco las dos caras de esta moneda, pero revisando mis aprecios, casualmente sólo los encuentro entre los de la cara A.
Alguien dirá que no siempre es así. De acuerdo, pero las probabilidades siempre son pocas y menos si hay que mantenerlas durante los largo años que quedan por delante. No es un problema de personas, se trata de un sistema de gobernanza corrompido y corruptor que acaba alentando conductas organizacionales deplorables, claramente reaccionarias, encaminadas únicamente a mantener el estatus quo y a socializar a los funcionarios en la cultura de nadar y guardar la ropa, mirar para otro lado y tratar de medrar como un apreciado y apacible miembro del clan que respeta los hábitos.

Y eso explica que alguien dijera una vez que los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los más inútiles son los que están más arriba.

jueves, 16 de agosto de 2012

Funcionarios (II)

1.- Los anglosajones (y en general en toda la Commonwealth) los denominan civil servants (a veces, public servants) y todos ellos conforman el civil service. En la Vieja Europa  solemos llamarlos funcionarios y conforman la función pública.

Aunque es evidente que servicio tiene más carga social y política que función, ambas terminologías son arcaicas, una herencia lingüística fuertemente anclada en el pasado, cuya supervivencia sólo puede explicarse por el elitismo de las élites burocráticas (y no es una redundancia; puede haber élites que no se comporten de manera elitista), fuente nutricia por excelencia de las élites políticas, de ahí que no hayan caído en desuso y aún supongan un label exquisito para unas élites político-funcionariales cada vez menos apreciadas.

El Diccionario de la Real Academia española patina claramente cuando define funcionario: persona que desempeña un empleo público. En las administraciones públicas además de funcionarios hay otros empleados, normalmente denominados personal laboral. Antes que denominar funcionarios (la parte) a todos los trabajadores en nómina de las administraciones públicas (el todo), sin duda es más exacta la denominación empleados públicos, la cual es además jurídicamente más correcta.


2.- Más de una vez he escuchado a profesionales sanitarios del SNS defenderse del supuesto estigma social diciendo que ellos no son funcionarios, sino personal estatutario. Aunque el personal docente e investigador y el estatutario del SNS se rigen por normas propias porque así lo prevé la legislación, en realidad se trata de cuerpos funcionariales específicos. De hecho, el Estatuto Básico del Empleado Público dice (art.2.4) que cada vez que este Estatuto haga mención al personal funcionario de carrera se entenderá comprendido el personal estatutario de los Servicios de Salud.



3.- Pero, ay, los medios de comunicación adoran la palabra funcionario y creen que ésta puede utilizarse sin problemas para referirse a todos los empleados públicos. Así, por ejemplo, cuando el texto de una noticia dice  -correctamente-  que la supresión este año de la paga extra de Navidad a los empleados públicos supondrá reducir en casi 1.000 millones de euros la recaudación por IRPF, el titular, que debe ser más contundente, nos informa de que el Estado ingresará casi 1.000 millones menos por la supresión de la paga extra a los funcionarios. De hecho, si uno teclea en google-noticias paga extra funcionarios obtiene 22.800 resultados; pero si teclea paga extra empleados públicos los resultados son sólo 10.800. La parte por el todo.


4.- Probablemente, a los ciudadanos la palabra funcionario les cae antipática. Así lo reconoce un alto funcionario (jubilado):
El funcionario público no está bien visto por la ciudadanía y es general el identificarlo con el comportamiento burocrático. Lo normal es que se piense que tiene un trabajo cómodo y garantizado, lo que implica, según opiniones comunes, un privilegio frente a los trabajadores del mundo civil [sic].
Y bajo la apariencia de la broma (no olvidemos a Freud y su El chiste y su relación con el inconsciente), encontramos la siguiente perla:
Funcionario: Dicese de aquellas personas que saben leer, comer, dormir, chatear, limarse las uñas, hablar, conspirar, cotillear, mascar chicle, desaparecer, sacarte de quicio y un sinfín de actividades más entre las que no están incluidas la que debieran hacer: trabajar. Se trata de una de las especies más inteligentes del universo ya que logran crear las más ingeniosas artimañas para escaquearse del curro. Tienen una rarisima habilidad por la cual absorben fondos públicos hacia sus nominas, de manera que se cierra el ciclo de la pasta [si eres fuuncionario, te recomiendo que no sigas leyendo esta imaginativa entrada, es tan irritante y cutre como pretendidamente ingeniosa].
Pero, bueno, parece ser cierto que en el imaginario público el arquetipo 'funcionario' no goza de mucho prestigio y sí de bastante animadversión, lo cual hace que sea relativamente fácil para ciertos políticastros, en lugar de adoptar medidas que estimulen realmente la eficiencia, calidad, transparencia y control de costes de las administraciones públicas (y de paso, la imagen social de los servidores públicos), embestir contra el funcionariado ante la indiferencia de un público que sólo piensa: "si ya han jodido a los parados, a los pensionistas, a los trabajadores del sector privado, a los enfermos, a los dependientes, a los alumnos... pues está bien que metan mano también a esta casta de privilegiados que siempre se creyó a salvo de la tijera porque quienes la utilizan son sus primos hermanos".


5.- Resulta curioso que, siendo España un  país con un porcentaje de funcionarios sobre su población activa relativamente moderado, la BBC nos calificara hace un par de años como "El país de los funcionarios", describiendo así la situación: Contrato indefinido y blindado frente a despidos, sueldo estable y buen horario. Así es el paraíso para miles de españoles que sueñan con ser funcionarios. España acaba de superar por primera vez los tres millones de empleados públicos (...) ¿Puede un país vivir del empleo público?"


6.- Tenemos, pues, una misma palabra, funcionario, que se usa tanto como sustantivo, como calificativo. Cuando a la opinión pública la interrogamos sobre los funcionarios, así en general, responden refiriéndose al término como calificativo, antes que como sustantivo, ya que no se refieren a su médico o enfermera, al maestro de sus hijos o al bombero que le ayudó a salir de un ascensor bloqueado o le salvó de un incendio, sino al indolente ventanillero que renueva su pasaporte, al torvo inspector de hacienda que husmea en su declaración fiscal, al aempático mesero de la oficina de (des)empleo que sabe que nunca tendrá que sentarse al otro lado de la mesa, incluso al ruidoso cartero que aporrea todos los telefonillos del portal para poder repartir la correspondencia. Cuando un guardia civil o un policía multa a un ciudadano aplicando leyes y reglamentos administrativos, es un funcionario (calificativo); pero cuando un guardia civil o un policía se juegan la vida para defender sus derechos y libertades, es un héroe del que nunca se hace notar que es eso, un funcionario (sustantivo).