Como ya anuncié aquí, el pasado martes acudí a un valiente y oportuno debate convocado por el Colegio de Enfermería de las Islas Baleares [Coiba] sobre la colegiación obligatoria (simplificando un poco; fue un debate más general sobre los colegios, la colegiación y la profesión). Compartí mesa con nuestra excelente anfitriona, la presidenta del Colegio Balear, Rosa María 'Xama' Hernández; con el pragmático presidente del CECOVA (Consejo de Enfermería de la Comunidad Valenciana), José Antonio Ávila; y con la veterana directora de programas del Colegio de Barcelona, Núria Cuxart.
El debate pudo seguirse en directo en streaming y aún puede verse la grabación en este enlace de Coiba; también obtuvo un estupendo y divertido seguimiento en twitter que EnferEvidente nos permite enlazar aquí. Creo que fue un debate interesante (perdón por la simplificación que sigue) con un CECOVA volcado en evidenciar las virtudes globales de la colegiación obligatoria; un Colegio de Barcelona que defiende la colegiación obligatoria siempre y cuando sirva para defender el interés social general; y un servidor, defendiendo que lo mejor que desde una perspectiva estratégica pudiera sucederle a las profesiones sanitarias españolas, y más específicamente a la querida profesión enfermera, es que finalmente predominara la opinión del Ministerio de Economía y Administraciones Públicas, sobre la del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, y se decidiera que la colegiación debería dejar de ser obligatoria para aquellos profesionales que trabajen exclusivamente en el sector público.
Defendía el presidente de CECOVA que dejar en manos de las administraciones públicas la regulación y control de la profesión es peligroso porque nadie muerde la mano que le da de comer y las administraciones públicas son la mayor patronal sanitaria del país. Creo que no se da cuenta de que son precisamente las administraciones públicas quienes, al mantener la obligatoriedad de la colegiación, dan de comer a los colegios (y todo lo contrario a los colegiados). De ahí que la institución colegial, como ha evidenciado de manera muy expresiva su propio presidente, haya adoptado como máxima no morder la mano que les da de comer y tratar con guante de seda a los gobiernos del momento, da igual su color político. Todo por la colegiación 'universal' (como eufemísticamente le llaman ahora).
Si se generalizara la colegiación voluntaria los colegios tendrían que ganarse el cariño (y el bolsillo) de las enfermeras de su demarcación dando servicios que compensaran las cuotas colegiales, siendo menos opacos y de dudosa reputación, rindiendo cuentas reales de sus actividades y gastos, centrando de verdad su tarea en el colegiado y abriéndose a la sociedad para ganarse también su adhesión.
Es cierto que entonces los colegios dejarían de ser, conceptualmente, Colegios y pasarían a ser una asociación más de las muchas que hay; pero no hay porqué preocuparse: mientras mantuvieran la etiqueta jurídica de Colegio, citados en el art. 36 de la Constitución Española, seguirían beneficiándose de un régimen fiscal TAN beneficioso, bajo la figura de "personas jurídicas parcialmente exentas" (régimen que también es extensible, por cierto, a las empresas y fundaciones creadas por los colegios, algo muy interesante y conveniente, ¿no Boss?).
Entre las aportaciones que he recibido con carácter previo al debate, las que recibí durante el mismo y las que he recibido después (y puedo decir que son bastante numerosas), he aprendido algunas cosas importantes.
Lo que más me ha sorprendido, y eso que no había mucho margen para la sorpresa, ha sido el desmedido acojonamiento que provoca el Consejo General de Enfermería y más en concreto su presidente podólogo, Máximo Antonio González Jurado, entre las estructuras colegiales provinciales. Incluso entre sus adversarios y sus críticos más acérrimos. No puedo detallar, sin incurrir en deslealtad, algunas confidencias que se me hacen desvelando las formas de actuar del susodicho y de sus mamporreros para mantener permanentemente amedrentados a los directivos colegiales provinciales. A la mayoría de ellos, sus followers, los mantiene (voluntariamente) secuestrados desde hace más de veinte años, sabiendo que su extremada mediocridad profesional y falta de decencia personal (más algunos atractivos incentivos) son el resorte fundamental que le permite conservar el poder contra toda legalidad, incluidas sucesivas sentencias judiciales que se pasan por el forro.
A los otros, digamos los disidentes, los ahoga con una doble arma: por un lado, el expolio financiero (refrendado a mano alzada por esa dócil y estable mayoría de treintaytantos borregos) que hace crecer y crecer la deuda de los colegios que se rebelan, disconformes con dicho expolio, hasta que no tienen más remedio que claudicar y pagar o entrar en quiebra. Lo que hace el Consejo es típicamente mafioso: si entras en La Familia renegocio tu deuda y entras en la Semana Fantástica y en los Días de Oro colegiales, con importantes descuentos sobre la deuda reclamada pero entregando a La Familia el resto de la pasta. Y todos amigos, ya vuelves a ser de La Familia, pórtate bien en adelante.
El caso más eolcuente y sangrante es lo que desgraciadamente ha pasado con el hasta hace bien poco líder de La Resistencia, el presidente del Colegio de Badajoz; basta con bucear en su blog para sentirse como en un anuncio de antes de... y después de... Por ejemplo, comparando este tipo de entradas, en las que el Consejo era el culpable de todos los males, Satán, y las que desde hace unos meses sólo reparten culpas al "Sistema", sin más nombre ni apellidos que los de los políticos e instituciones públicas. Bastó con una amenaza de intervención de las cuentas del Colegio, desafiada con una sonada rueda de prensa del presidente del Colegio de Badajoz (bajo el hoy hiriente título "persiguiendo la transparencia") para llegar a un amistoso arreglo. Y todos contentos, La Resistencia anulada, La Familia recupera un hijo pródigo. No tengo porqué poner en duda que, tal y como me contó él mismo, todo esto sea un sacrificio personal en beneficio de los colegiados pacenses, aunque fuera vendiendo para ello su propia alma. Entonces probablemente sería hasta meritorio, una verdadera inmolación, pero igualmente algo penoso, una total rendición. Lo siento Carlos, así lo he vivido, así lo pienso y así lo denuncio.
Y la otra forma de agarrar por sus partes a los colegios disidentes es utilizando la, supongo que muy bien remunerada con fondos procedentes de vuestras cuotas colegiales, asesoría jurídica: se trata de presentar demanda tras demanda tras demanda tras demanda... con una intensidad que desborda la capacidad de las humildes asesorías jurídicas locales. Todos los colegios disidentes tienen pleitos judiciales abiertos; cuando no puede ser por reclamación de cantidad, entonces se impugnan las candidaturas o las decisiones de las juntas de gobierno, lo importante es tener permanentemente amenazado a quien ose no reírle las gracias y hacer de bufón para divertir al monarca.
No hay que engañarse: el control y gestión de las cuotas colegiales es lo que constituye el verdadero fondo y leit motiv del tema: hay que tener en cuenta que, atendiendo al documento del Consejo "Memoria del Presupuesto de Ingresos y Gastos, Ejercicio de 2012", del que algunos colegios provinciales, me consta, no disponen porque no les ha sido enviado (pueden descargarla aquí; de nada), unos 75 euros de cada colegiado, aproximadamente un 35% del total de sus cuotas, son expoliados por el Consejo General para los tejemanejes de su complejo entramado empresarial que, gracias al Foro de la Profesión Enfermera, empezamos a conocer (y lo que quedará...). Este gráfico que me han autorizado a difundir habla por sí solo (pinchar para ampliar):
Un ejemplo de esta voracidad recaudatoria: a día de hoy, la tesorería del colegio de Murcia sigue estando intervenida, a pesar de que hace ya casi siete meses, el 25 de abril, tomó posesión una nueva junta directiva que reemplazó a la (presuntamente) corrupta anterior, la que fue intervenida. Se llega así a la expresión más pervertida de la codicia: las cuotas que pagan hoy los colegiados de Murcia las maneja directamente desde Córdoba el capo local nombrado por La Familia, don Florentino Pérez Raya. Cobrando sus jugosas dietas, naturalmente.
Mensaje para incautos: es únicamente por la defensa de estos intereses personales y de camarilla que el Consejo, su Presidente y sus virreyes han renunciado desde siempre a ejercer cualquier tipo de liderazgo moral, profesional e intelectual (la verdad es que ni podrían ni sabrían) y han hecho del matonismo su principal forma de relación con los colegios y los colegiados; colegiados que son de los colegios, no se olvide que el Consejo no tiene colegiados. Asfixiando a los colegios, usurpando con métodos antidemocráticos su liderazgo y ofreciendo una representación y una imagen impresentables de la profesión enfermera.
¿Hasta cuándo? Parece que, como pasó con Francisco Franco, hasta que el caudillo muera plácidamente en su lecho o se refugie en Suiza como chairman de un Consejo Internacional de Enfermeras que le concedió (no sabemos el precio total, aunque sí parte de él) la misma condecoración que a... ¡Virginia Henderson, Hidelgard Peplau y sólo tres condecorados más en todo el mundo mundial!
Ustedes mismas...
PS.- En plácida charla de sobremesa se planteó qué pasaría si el preclaro líder desapareciera súbitamente (dios no lo permita). La respuesta fue unánime: ¡Uffff! ¡Vaya marrón! ¡Igual sería peor! Y digo yo: ¿para cuándo una Platajunta, una alternativa democrática a esta panda de fachas que permita a la enfermería y a las enfermeras mirar hacia un futuro mejor, más libre y, sobre todo, más decente? The answer, my friends, is blowing in the wind.
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viernes, 16 de noviembre de 2012
jueves, 23 de agosto de 2012
Funcionarios (III)
Comentaba en la entrega anterior de esta larga entrada que el funcionariado es el origen profesional principal de la clase política. De ahí que el acoso gubernamental al funcionariado que se ha venido produciendo en los últimos años y que se ha recrudecido en los últimos meses, hasta llegar a convertirse en un verdadero ensañamiento, tenga algo de fratricida.
Señalaba hace unos días Víctor Lapuente, en un atinado artículo de opinión en el diario El País, que la carrera política de los funcionarios tiene su punto de partida cuando acceden a los puestos funcionariales de libre designación (cuyos niveles iniciales son definidos con mayor o menor liberalidad por las comunidades autónomas, pero que pueden empezar a partir de las jefaturas de servicio) y, desde ellos, a los cargos político-funcionariales (director general, subsecretario...) o directamente políticos dentro de la administración general (secretario de estado, consejero, ministro) o institucional (empresas y fundaciones públicas).
Bien es cierto que las castas funcionariales nutricias del establishment político son las de los cuerpos superiores. Si bien estas castas funcionariales están sufriendo recortes retributivos y de efectivos, no es menos cierto que tienen mayores niveles salariales y complementos retributivos, a veces verdaderamente creativos para esconder la indignidad que conllevan, tanto del ordenante como del receptor.
El interfaz entre funcionarios en llegada (puestos que empiezan a ser importantes, mejor retribuidos, más difíciles de alcanzar si no se obtienen ayudas) y políticos en salida (los puestos más de base del escalafón político, por tamto los más accesibles para que te enchufen cuando inicias tu carrera política) es complejo, como un sistema de capilares que nutre unos tejidos muy exigentes en cuanto a fidelidades, no ya solo partidarias, sino de grupo o incluso individuales: Si hoy estás conmigo, tendrás que apostar a muerte por mí, porque si no mañana, para quien eventualmente me sustituya -aunque sea de mi/nuestro mismo partido, no te creas- serás indigno de confianza, ya que me ayudaste a mí a crecer y no a él a llegar.
Se trata de un esquema sistemático de corrupción institucional. El funcionario que, legñitimamente, quiere crecer profesionalmente, llega un momento en que tiene que empezar a vender su alma al diablo, a ofrecer fidelidades políticas que nunca hubiera ofrecido y a actuar sin la objetividad administrativa que aceptó como leit motiv profesional, para poder llegar a los puestos donde realmente podría ser de mayor utilidad a su administración pública y a la ciudadanía; pero cuando llega es cuando ya se ve obligado a traicionar sus convicciones de servicio público.
Esto no sucede de un día para otro (salvo que se trate de un trepa muy bien relacionado), sino que se trata de una carrera, como la del yonqui, en la que cada paso dado hace muy difícil volver atrás. Tu vida profesional pasa a depender de tu protector, que puede enviarte de nuevo a los infiernos para, como Sísifo, tener que empezar a ascender de nuevo por la inhóspita y escarpada montaña de la función pública.
Y aquí, ahora, ya sólo quedan cuatro estrategias:
Y eso explica que alguien dijera una vez que los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los más inútiles son los que están más arriba.
Señalaba hace unos días Víctor Lapuente, en un atinado artículo de opinión en el diario El País, que la carrera política de los funcionarios tiene su punto de partida cuando acceden a los puestos funcionariales de libre designación (cuyos niveles iniciales son definidos con mayor o menor liberalidad por las comunidades autónomas, pero que pueden empezar a partir de las jefaturas de servicio) y, desde ellos, a los cargos político-funcionariales (director general, subsecretario...) o directamente políticos dentro de la administración general (secretario de estado, consejero, ministro) o institucional (empresas y fundaciones públicas).
Bien es cierto que las castas funcionariales nutricias del establishment político son las de los cuerpos superiores. Si bien estas castas funcionariales están sufriendo recortes retributivos y de efectivos, no es menos cierto que tienen mayores niveles salariales y complementos retributivos, a veces verdaderamente creativos para esconder la indignidad que conllevan, tanto del ordenante como del receptor.
El interfaz entre funcionarios en llegada (puestos que empiezan a ser importantes, mejor retribuidos, más difíciles de alcanzar si no se obtienen ayudas) y políticos en salida (los puestos más de base del escalafón político, por tamto los más accesibles para que te enchufen cuando inicias tu carrera política) es complejo, como un sistema de capilares que nutre unos tejidos muy exigentes en cuanto a fidelidades, no ya solo partidarias, sino de grupo o incluso individuales: Si hoy estás conmigo, tendrás que apostar a muerte por mí, porque si no mañana, para quien eventualmente me sustituya -aunque sea de mi/nuestro mismo partido, no te creas- serás indigno de confianza, ya que me ayudaste a mí a crecer y no a él a llegar.
Se trata de un esquema sistemático de corrupción institucional. El funcionario que, legñitimamente, quiere crecer profesionalmente, llega un momento en que tiene que empezar a vender su alma al diablo, a ofrecer fidelidades políticas que nunca hubiera ofrecido y a actuar sin la objetividad administrativa que aceptó como leit motiv profesional, para poder llegar a los puestos donde realmente podría ser de mayor utilidad a su administración pública y a la ciudadanía; pero cuando llega es cuando ya se ve obligado a traicionar sus convicciones de servicio público.
Esto no sucede de un día para otro (salvo que se trate de un trepa muy bien relacionado), sino que se trata de una carrera, como la del yonqui, en la que cada paso dado hace muy difícil volver atrás. Tu vida profesional pasa a depender de tu protector, que puede enviarte de nuevo a los infiernos para, como Sísifo, tener que empezar a ascender de nuevo por la inhóspita y escarpada montaña de la función pública.
Y aquí, ahora, ya sólo quedan cuatro estrategias:
- La más improbable, el downsizing, renunciar a esos puestos tan codiciados, a conquistar el ochomil, y asentarte en un confortable campamento base.
- La más arriesgada: abandonar la expedición y tratar de ponerte en valor en el mercado.
- La más aventurera, decidir abandonar esa zona gris para dar el salto definitivo a la política institucional, primero de la mano de tu chulo, apuñalándolo después para servir a otro con mayores influencias, trabajando mucho tu perfil orgánico con los compañeros de partido y, finalmente, tratando de llegar a la Política (con mayúsculas), donde, si no lo haces demasiado mal, podrás saltar de una administración a otra, quizás al parlamento regional, algunos consejos de dirección bien remunerados y poco exigentes, un día tal vez consejero o secretario de estado... ¿porqué no ministro (viendo lo visto)?
- Y la más fácil, aquella en la que el funcionario práctico planifica una carrera eficiente, tratando de no significarse mucho -es decir, dejando que los méritos se los apunte su jerifalte del momento-, consolidando nivel tras nivel, hasta llegar a la mítica vocalía-asesora-nivel-30, donde uno tiene garantizados de por vida 50.000 o 60.000 euros anuales (dependiendo de los trienios). Con la ventaja de que, como has tenido tantos protectores eres demasiado promiscuo como para que nunca nadie vuelva a tratar de seducirte, asñi que no te molestan mucho. Lo que hagas en los ¿15, 20 años? que te quedan para jubilarte es cosa tuya, hay dos caras de la moneda. En la Cara A, se estudia y se mantiene uno actualizado, publica artículos, acude a congresos, hace informes de oficio -que en general nadie lee-, realiza su doctorado y trata de ser un buen servidor público cuando le dejan. En la Cara B, uno considera el puesto una canonjía que se ha ganado a pulso y dedicará el resto de su vida a vivir del cuento, trincar los 4.000 euros mensuales y aprovechar las circunstancias para realizar actividades de influencia más o menos reprochables, más o menos provechosas. Yo conozco las dos caras de esta moneda, pero revisando mis aprecios, casualmente sólo los encuentro entre los de la cara A.
Y eso explica que alguien dijera una vez que los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los más inútiles son los que están más arriba.
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viernes, 2 de septiembre de 2011
La fábula de la organización cautiva
Ayer prometí, a raíz del "caso Ciudad Real", analizar hoy las razones por las cuales personas sin ningún valor que transmitir ni capital profesional o intelectual que aportar, se mantienen durante largos períodos de tiempo al frente de instituciones participativas como los colegios. Ya sabemos que la incompetencia directiva es común en todas las organizaciones, pero es que ahora nos referimos a organizaciones democráticas en las que el poder descansa en sus miembros.
Por lo general, este tipo de organizaciones se estructuran territorialmente, de abajo arriba, con poderes locales territoriales muy dispersos y numerosos (por ejemplo, las 52 provincias y ciudades autónomas de España), a los que denominaremos en nuestra fábula chiringuitos, que son quienes eligen a la cúpula de la organización (a quien denominaremos El Consejo). Tenemos, dentro de estas caracteríticas, a un montón de organizaciones: colegios profesionales, cámaras de comercio, partidos políticos, sindicatos, federaciones deportivas..., así que no nos referiremos a alguna en concreto. Y, por supuesto, tampoco nos referimos exclusivamente a España: los numerosos amigos hispanoamericanos que siguen este blog (a los que envío un saludo, con mi agradecimiento por seguirme) conocerán muy de primera mano otros ejemplos "calcaditos" a los que he citado.
Pues bien: como los hechos nos demuestran, en ciertos contextos organizacionales de baja motivación y participación por parte de los afiliados (a quienes denominaremos pringados), este tipo de organizaciones son muy fáciles de convertir en 'organizaciones cautivas' por parte de un número muy pequeño de asociados, sólo basta una cabeza pensante (a quien llamaremos en nuestra fábula el capo di tutti capi) que consiga contar con una red local muy capilarizada de personas ambiciosas y con pocas cualidades o capacidades, a las que no cuesta evidenciar que ésta es la única manera de llegar a "ser alguien" y vivir del cuento toda la vida (a quienes denominaremos los mandarines locales).
Esta estrategia de dominación de la 'organización cautiva' queda reflejada en nuestra fábula, en la que cualquier parecido con personas u organizaciones concretas es pura casualidad:
Por lo general, este tipo de organizaciones se estructuran territorialmente, de abajo arriba, con poderes locales territoriales muy dispersos y numerosos (por ejemplo, las 52 provincias y ciudades autónomas de España), a los que denominaremos en nuestra fábula chiringuitos, que son quienes eligen a la cúpula de la organización (a quien denominaremos El Consejo). Tenemos, dentro de estas caracteríticas, a un montón de organizaciones: colegios profesionales, cámaras de comercio, partidos políticos, sindicatos, federaciones deportivas..., así que no nos referiremos a alguna en concreto. Y, por supuesto, tampoco nos referimos exclusivamente a España: los numerosos amigos hispanoamericanos que siguen este blog (a los que envío un saludo, con mi agradecimiento por seguirme) conocerán muy de primera mano otros ejemplos "calcaditos" a los que he citado.
Pues bien: como los hechos nos demuestran, en ciertos contextos organizacionales de baja motivación y participación por parte de los afiliados (a quienes denominaremos pringados), este tipo de organizaciones son muy fáciles de convertir en 'organizaciones cautivas' por parte de un número muy pequeño de asociados, sólo basta una cabeza pensante (a quien llamaremos en nuestra fábula el capo di tutti capi) que consiga contar con una red local muy capilarizada de personas ambiciosas y con pocas cualidades o capacidades, a las que no cuesta evidenciar que ésta es la única manera de llegar a "ser alguien" y vivir del cuento toda la vida (a quienes denominaremos los mandarines locales).
Esta estrategia de dominación de la 'organización cautiva' queda reflejada en nuestra fábula, en la que cualquier parecido con personas u organizaciones concretas es pura casualidad:
- El capo di tutti capi selecciona a los mandarines provinciales entre pringados sin grandes dotes, ni personalidad, de manera que nunca lleguen a retar su poder.
- Los mandarines locales siguen el mismo esquema y seleccionan un equipo de pringados sin grandes dotes, ni personalidad, de manera que nunca lleguen a retar su poder.
- El capo di tutti capi apoya con recursos e influencia a los mandarines locales hasta que estos consiguen (rápidamente, en un medio social muy desmotivado y escéptico) el poder local.
- El siguiente paso, ya a nivel exclusivamente local, es instaurar una gran opacidad, degradar (cuando no destruir directamente) los sistemas de participación social y tomar el poder más absoluto en los medios de comunicación y propaganda. Es decir, se lamina cualquier atisbo de oposición y existe una única voz y presencia institucional.
- Ello desmoviliza y desmoraliza aún más a los asociados, lo cual se traduce en la consecución táctica del objetivo primordial de esta estrategia: la candidatura única, no tener contrincantes con dos dedos de frente y algo del carisma que entre los mandarines locales escasea.
- De esta manera, se consigue la perpetuación en la máxima dirección de la organización y, lo que es mucho más importante, se consolida la capacidad única de interlocución política local.
- Ya tenemos montado el chiringuito, en el cual se despliega sin restricciones el nepotismo (las oficinas de los chiringuitos se llenan de familiares y amigos contratados), las actividades de influencia (subvenciones, becas, cursos, locales, equipamientos...) para generar un ejército de gente (y organizaciones) que te debe algún favor y, finalmente, las corruptelas, ligadas por lo general a un entramado opaco de fundaciones y pseudo-sociedades científicas o de servicios, a través de las cuales se firman convenios con empresas (compañías de seguros, promotoras inmobiliarias, laboratorios, suministradores de material, prestadores de servicios...) que pasan a esponsorizar al chiringuito, colocar productos a los pringados y permiten sortear las vías ordinarias de financiación, susceptibles siempre de auditoría oficial.
- Llega el momento de devolver el favor al capo di tutti capi mediante el voto servil y permanente, enmarcado en un sistema electoral alambicado y complejo, difícilmente permeable para las asociaciones locales opositoras, es decir, los que nunca han querido montarse el chiringuito porque sus objetivos son sociales y no particulares: nunca se llega a dominar, ni siquiera se pretende, a toda la organización, basta con una mayoría; al resto, simplemente, se les ignora y se les niega cualquier acceso a los medios de comunicación internos.
- Por si acaso, el capo di tutti capi tiene un archivo muy bien organizado con entradas a todos los favores, chanchullos y excesos de cada equipo local y, además, suele permitir la acumulación de deudas importantes, a base de tributos no pagados en su momento. Eso previene cualquier desafección o denuncia y condena al ostracismo a cualquier asociación local que a) se arrepintiera o asutara y quisiera abandonar el grupo o b) dejara de estar gobernada por el equipo leal: El Consejo exigiría cobrar entonces de golpe todas las deudas y habría que cerrar el chiringuito.
- En este contexto, El Consejo, con el capo di tutti capi en primer plano, se enriquecería practicando una "contabilidad creativa" que nunca sería denunciada más que por cuatro o cinco pringados sin credibilidad ni capacidad de amplificación de sus denuncias.
- De esta manera, la organización, en la que originariamente el poder emanaba de la base y circulaba de abajo arriba, se ha convertido, como la mafia, en una organización vertical, en la que el poder real reside en El Consejo y el resto, incluidos los mandarines locales, no son más que unos pringados. La democracia se ha pervertido y las reglas del juego con las que se llegó al poder se cambian sin problemas cuando haga falta. Se ha creado la organización cautiva.
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lunes, 25 de julio de 2011
Políticos de los que sentirse orgulloso: lo mismito que aquí...
A punto de irme un par de semanas de vacaciones para descansar, os enlazo como cierre del curso un vídeo que me ha pasado mi hermano (gracias, Alfonso) con una vibrante intervención en la Asamblea Legislativa del Estado de Río de Janeiro de la diputada Cidinha Campos, denunciando las componendas que tratan de designar miembro del Tribunal de Cuentas a un absoluto chorizo, con la ayuda -por complicidad o por omisión del deber- de la mayoría de la Asamblea. No tiene pérdida, ni su coraje, ni la situación que describe, ni la ironía con que cuela el discurso en un debate que en realidad era sobre la producción láctea: quiere hablar "de los mamones".
¡Qué pena que no puedan exportarnos, aunque fuera un solo parlamentario como ella... !
Felices vacaciones (a quienes las tengan) y ánimo (a quienes no), seguimos a la vuelta.
¡Qué pena que no puedan exportarnos, aunque fuera un solo parlamentario como ella... !
Felices vacaciones (a quienes las tengan) y ánimo (a quienes no), seguimos a la vuelta.
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miércoles, 20 de julio de 2011
Los "putos amos del mundo"
Hace apenas diez años, pero parece que hubieran pasado 100, la gigantesca empresa multinacional del sector energético Enron quebró y se llevó por delante, no sólo a la propia empresa, sino también a su firma auditora, Arthur Andersen, entonces la más importante del sector a nivel mundial.
Enron pasó en 15 años, de ser una pequeña empresa petrolera tejana a convertirse en la séptima empresa de los EEUU, con 21.000 empleados en 40 países y 100.000 millones de facturación en el año 2000. En 2001, apenas tres meses antes de su quiebra, fue galardonada por la revista Fortune como la empresa más innovadora del país.
En realidad, el negocio de Enron no era vender suministros, sino especular en bolsa con ellos, captando a cientos de miles de accionistas que confiaban en su base material productiva (con cientos de instalaciones de producción de bienes tan esenciales como el gas, el agua, la electricidad, incluso telefonía y banda ancha) como garantía de solvencia y liquidez. Es decir, que Enron no era una empresa industrial, como daba a entender, sino financiera, que se dedicaba básicamente a especular. Su producto más importante fue Enron Online, un sistema que les permitía realizar transacciones en línea en todo el mundo, anticipándose a sus competidores. Y sus directivos, a lo que se dedicaban en realidad era a expoliar las ingentes ganancias de la empresa, maquillando las cuentas a través de empresas subsidiarias.
Los villanos principales de esta historia fueron el presidente ejecutivo, Kenneth Lay, su segundo, Jeffrey Skylling y el vicepresidente financiero, Andrew Fastow. Fueron durante muchos años los putos amos del mundo. Eran inmensamente ricos, llevaban una vida llena de lujo y sin embargo, por algún motivo desconocido (probablemente porque la codicia puede llegar a ser tan adicitiva como la cocaína) se pasaron de frenada y acabaron con largas condenas de cárcel (excepto Lay, que falleció esperando la sentencia). Dejaron en la calle a 20.000 empleados, probablemente, para ellos, simples daños colaterales.
El caso Enron supuso en su momento un verdadero shock, que, además, tuvo lugar apenas unos meses después del 11-S. Nunca se pensó que una empresa como Enron pudiera quebrar a la vista de los reguladores y los poderes públicos. Pero, en realidad, faltaban menos de siete años para que pudiéramos asistir en vivo y en directo a la quiebra de Lehman Brothers y, en España, de un buen puñado de constructoras con valor en bolsa de decenas de miles de millones de euros.
En su momento, dediqué muchas horas a documentarme para tratar de entender este tipo de conductas suicidas y llegé a la conclusión de que se deben a un síndrome, el síndrome del puto amo del mundo [PAM]. La gente que lo padece se siente tan poderosa e inalcanzable, tan por encima de la gente común, tan protegida por los políticos y periodistas a los que compra (y, a través de ellos, por los estamentos policiales, fiscales y judiciales más corruptibles), que se creen literalmente intocables y seguros, al margen de la ley; rodeados exclusivamente por corruptos y pelotas, han perdido la sensibilidad para percibir los riesgos inherentes a sus actividades delictivas. Y, por supuesto, no se dan cuenta de que han ido generando en el camino miles de enemigos con ganas de entrar a saco en sus yugulares; pero no importa, siguen sintiéndose seguros, por algo son los PAM. Hasta que su codicia y sus enemigos les ayudan a cavar sus propias tumbas.
Vienen estas reflexiones a cuento de los reciente acontecimientos relacionados con otros famosos PAM: Teddy Bautista, Rupert Murdoch, Dominique Strauss-Kahn, hoy mismo Francisco Camps, pasado mañana Silvio Berlusconi... Los putos amos del mundo son gigantes con los pies de barro porque no calibran ni entienden sus límites y excesos.
Enron pasó en 15 años, de ser una pequeña empresa petrolera tejana a convertirse en la séptima empresa de los EEUU, con 21.000 empleados en 40 países y 100.000 millones de facturación en el año 2000. En 2001, apenas tres meses antes de su quiebra, fue galardonada por la revista Fortune como la empresa más innovadora del país.
En realidad, el negocio de Enron no era vender suministros, sino especular en bolsa con ellos, captando a cientos de miles de accionistas que confiaban en su base material productiva (con cientos de instalaciones de producción de bienes tan esenciales como el gas, el agua, la electricidad, incluso telefonía y banda ancha) como garantía de solvencia y liquidez. Es decir, que Enron no era una empresa industrial, como daba a entender, sino financiera, que se dedicaba básicamente a especular. Su producto más importante fue Enron Online, un sistema que les permitía realizar transacciones en línea en todo el mundo, anticipándose a sus competidores. Y sus directivos, a lo que se dedicaban en realidad era a expoliar las ingentes ganancias de la empresa, maquillando las cuentas a través de empresas subsidiarias.
Los villanos principales de esta historia fueron el presidente ejecutivo, Kenneth Lay, su segundo, Jeffrey Skylling y el vicepresidente financiero, Andrew Fastow. Fueron durante muchos años los putos amos del mundo. Eran inmensamente ricos, llevaban una vida llena de lujo y sin embargo, por algún motivo desconocido (probablemente porque la codicia puede llegar a ser tan adicitiva como la cocaína) se pasaron de frenada y acabaron con largas condenas de cárcel (excepto Lay, que falleció esperando la sentencia). Dejaron en la calle a 20.000 empleados, probablemente, para ellos, simples daños colaterales.
El caso Enron supuso en su momento un verdadero shock, que, además, tuvo lugar apenas unos meses después del 11-S. Nunca se pensó que una empresa como Enron pudiera quebrar a la vista de los reguladores y los poderes públicos. Pero, en realidad, faltaban menos de siete años para que pudiéramos asistir en vivo y en directo a la quiebra de Lehman Brothers y, en España, de un buen puñado de constructoras con valor en bolsa de decenas de miles de millones de euros.
En su momento, dediqué muchas horas a documentarme para tratar de entender este tipo de conductas suicidas y llegé a la conclusión de que se deben a un síndrome, el síndrome del puto amo del mundo [PAM]. La gente que lo padece se siente tan poderosa e inalcanzable, tan por encima de la gente común, tan protegida por los políticos y periodistas a los que compra (y, a través de ellos, por los estamentos policiales, fiscales y judiciales más corruptibles), que se creen literalmente intocables y seguros, al margen de la ley; rodeados exclusivamente por corruptos y pelotas, han perdido la sensibilidad para percibir los riesgos inherentes a sus actividades delictivas. Y, por supuesto, no se dan cuenta de que han ido generando en el camino miles de enemigos con ganas de entrar a saco en sus yugulares; pero no importa, siguen sintiéndose seguros, por algo son los PAM. Hasta que su codicia y sus enemigos les ayudan a cavar sus propias tumbas.
Vienen estas reflexiones a cuento de los reciente acontecimientos relacionados con otros famosos PAM: Teddy Bautista, Rupert Murdoch, Dominique Strauss-Kahn, hoy mismo Francisco Camps, pasado mañana Silvio Berlusconi... Los putos amos del mundo son gigantes con los pies de barro porque no calibran ni entienden sus límites y excesos.
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