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miércoles, 20 de julio de 2011

Los "putos amos del mundo"

Hace apenas diez años, pero parece que hubieran pasado 100, la gigantesca empresa multinacional del sector energético Enron quebró y se llevó por delante, no sólo a la propia empresa, sino también a su firma auditora, Arthur Andersen, entonces la más importante del sector a nivel mundial.

Enron pasó en 15 años, de ser una pequeña empresa petrolera tejana a convertirse en la séptima empresa de los EEUU, con 21.000 empleados en 40 países y 100.000 millones de facturación en el año 2000. En 2001, apenas tres meses antes de su quiebra, fue galardonada por la revista Fortune como la empresa más innovadora del país.

En realidad, el negocio de Enron no era vender suministros, sino especular en bolsa con ellos, captando a cientos de miles de accionistas que confiaban en su base material productiva (con cientos de instalaciones de producción de bienes tan esenciales como el gas, el agua, la electricidad, incluso telefonía y banda ancha) como garantía de solvencia y liquidez. Es decir, que Enron no era una empresa industrial, como daba a entender, sino financiera, que se dedicaba básicamente a especular. Su producto más importante fue Enron Online, un sistema que les permitía realizar transacciones en línea en todo el mundo, anticipándose a sus competidores. Y sus directivos, a lo que se dedicaban en realidad era a expoliar las ingentes ganancias de la empresa,  maquillando las cuentas a través de empresas subsidiarias.

Los villanos principales de esta historia fueron el presidente ejecutivo, Kenneth Lay, su segundo, Jeffrey Skylling y el vicepresidente financiero, Andrew Fastow. Fueron durante muchos años los putos amos del mundo. Eran inmensamente ricos, llevaban una vida llena de lujo y sin embargo, por algún motivo desconocido (probablemente porque la codicia puede llegar a ser tan adicitiva como la cocaína) se pasaron de frenada y acabaron con largas condenas de cárcel (excepto Lay, que falleció esperando la sentencia). Dejaron en la calle a 20.000 empleados, probablemente, para ellos, simples daños colaterales.

El caso Enron supuso en su momento un verdadero shock, que, además, tuvo lugar apenas unos meses después del 11-S. Nunca se pensó que una empresa como Enron pudiera quebrar a la vista de los reguladores y los poderes públicos. Pero, en realidad, faltaban menos de siete años para que pudiéramos asistir en vivo y en directo a la quiebra de Lehman Brothers y, en España, de un buen puñado de constructoras con valor en bolsa de decenas de miles de millones de euros.


En su momento, dediqué muchas horas a documentarme para tratar de entender este tipo de conductas suicidas y llegé a la conclusión de que se deben a un síndrome, el síndrome del puto amo del mundo [PAM]. La gente que lo padece se siente tan poderosa e inalcanzable, tan por encima de la gente común, tan protegida por los políticos y periodistas a los que compra (y,  a través de ellos, por los estamentos policiales, fiscales y judiciales más corruptibles), que se creen literalmente intocables y seguros, al margen de la ley; rodeados exclusivamente por corruptos y pelotas, han perdido la sensibilidad para percibir los riesgos inherentes a sus actividades delictivas. Y, por supuesto, no se dan cuenta de que han ido generando en el camino miles de enemigos con ganas de entrar a saco en sus yugulares; pero no importa, siguen sintiéndose seguros, por algo son los PAM. Hasta que su codicia y sus enemigos les ayudan a cavar sus propias tumbas.

Vienen estas reflexiones a cuento de los reciente acontecimientos relacionados con otros famosos PAM: Teddy Bautista, Rupert Murdoch, Dominique Strauss-Kahn, hoy mismo Francisco Camps, pasado mañana Silvio Berlusconi... Los putos amos del mundo son gigantes con los pies de barro porque no calibran ni entienden sus límites y excesos.

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