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miércoles, 6 de julio de 2011

Competencia y cooperación en la sanidad pública

El siempre interesante debate Head to head (cara a cara) del Bristih Medical Journal hoy se titula: "¿Existe evidencia de que la competencia en los servicios sanitarios es algo bueno?", con una posición a favor y otra en contra.

Es curioso el muy diferente enfoque de una y otra posición. El defensor de que sí existe evidencia (él mismo perteneciente a una importante multinacional del sector sanitario), construye las evidencias que se piden de manera deductiva: si todo en la vida es competencia, ¿por qué iba a quedar al margen el sector sanitario? Y luego apela a las ineficiencias burocráticas del National Health Service como coartada para contraponer competitividad y burocracia como dos cosas absolutamente incompatibles y sin matices de por medio, utilizando como coartada la ecuación burocracia = (sólo) sector público.


Por el contrario, el defensor del "no" (un profesor de la London School of Hygiene and Tropical Medicine), sin negar que pudiera existir una relación entre incremento de la competencia y mejora de la eficiencia, utiliza el método empírico analizando las pretendidas evidencias y se limita a constatar que no existe evidencia probada al respecto y que, por tanto conviene ser extremadamente cautos a la hora de diseñar políticas generales de estímulo de la competencia (incluso entre proveedores públicos y privados y dejando en mano de los médicos generales las decisiones y su gestión, como está proponiendo el actual gobierno conservador-liberal británico).

Si alguien nos preguntara, creo que la mayor parte de nosotros estaríamos de acuerdo en que el futuro de los servicios públicos de salud estará caracterizado por una intensificación de los procesos de privatización que ya estamos viviendo y que ello previsiblemente llevará a un incremento en la competencia entre proveedores. Nos guste o no. Es cierto que ello responde a algunos motivos absolutamente obvios, por ejemplo:
  • La indiscutible hegemonía del paradigma neoliberal, que está moldeando cada vez con más fuerza los esquemas ideológicos de la clase política, no ya exclusivamente de la derecha conservadora, permitiendo que se vean como naturales  -aunque sea por inevitables-  procesos de mercantilización que hace apenas un par de decenios hubieran sido satanizados.
  • La indiscutible capacidad de influencia del capital privado sobre las decisiones de los reguladores sanitarios, mediante procesos formales-políticos (financiación de partidos, lobbies, acceso a  los grupos de capital riesgo...) o informales-personales (corrupción, ingresos complementarios, visibilidad en medios de comunicación, colocación de ex-altos cargos...).
  • Las "políticas" cortoplacistas inevitables en los sistemas democráticos, que hacen que se sitúen los intereses partidistas claramente por encima del bien común. Si hay que prometer (legislatura 1ª) e inaugurar (legislatura 2ª) ocho nuevos hospitales y los financio con cargo a mis propios presupuestos públicos, no puedo hacerlo porque tendría que pagar año a año con lo que no tengo. Así que hago una serie de concesiones administrativas a 30 años al capital privado... y ya subirá los impuestos para pagar el que venga después..
Sin embargo hay que admitir que existen otros aspectos internos, relacionados con rigideces y centralismos exagerados que caracterizan a muchos sistemas sanitarios públicos, que llegan a constituirse en las principales coartadas de esos turbios intereses de negocio. La necesidad de introducir elementos de racionalidad empresarial en la sanidad pública choca con las limitaciones de unos sistemas legales y reglamentarios que ningún político que no estuviera dispuesto a hacerse el hara-kiri se atrevería a reformar, dada la extremada intransigencia de muchos de los agentes sociales, sindicales y corporativos, el impacto en imagen en los medios de comunicación y los probables costes electorales derivados.

Y ello se traduce en que, como se afirma hasta la extenuación, a pesar de los importantes cambios sociales, económicos, demográficos, culturales y sanitarios que han empezado a impactar contra el frágil casco de los servicios sanitarios públicos, estos siguen estando organizados y gestionados prácticamente igual que hace 30 años.

¿Hasta qué punto sería razonable ir introduciendo elementos de competencia dentro de nuestros servicios públicos de salud? ¿En qué condiciones, por parte de qué agentes y niveles y bajo qué premisas? Antonio Villafaina decía ayer que "necesitamos cambiar nuestra cultura de competir por la cultura de cooperar, los resultados son mucho mejores". ¿Predomina realmente una cultura de competencia y la cooperación es un valor que se está perdiendo en nuestro sistema público de salud?

2 comentarios:

  1. Es curioso que en este escenario que describes no puedo evitar el encajer todo el planteamiento de desarrollo de las Unidades de Gesrión Clinica como otro elemento atomizador dentro de los Sistemas Publicos como para "incentivar" ese grado de competencia....
    Yo, que al contrario que tú vivo las mil situaciones que se provocan en el nivel asistencial, te aseguro que ese modelo de grstión no favorece para nada la coopetación y llevado todo al plano real... La gestión de los recursos y la contención se convierten en una máxima, y ésa es la traducción tangible que de este tema suelen hacer los lumbreras de gestores que provoca el dichoso modelo. Gestores que no son los mejor preparados ni los idóneos, a expensasde que los que se encuentran en cierta forma formados, lo han sido en la EASP, nicho institucional de los postulados socialistas en estos temas y desde sus inicios... "Una pescadilla que se muerde la cola" y que termina por no traducir al 100% todos los posttulados teóricos que ahí se manejan quedando al final todo en una versión mucho más light anteponiendo lineas de estrategia ya en in plano mucho más político-contencionista.

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  2. Hola, Antonio, perdona que no te haya contestado antes, es que la respuesta tiene que ser extensa, es un tema complejo. A ver: yo creo que existe un factor clave para explicar la parálisis del sistema, la falta de reformas de calado. Porque no se trata sólo de la reforma propuesta en Andalucía, se trata de cualquier propuesta "macro" o general de reforma, todas se van a tomar por saco porque no mandan las convicciones, sino las conveniencias.

    ¿Qué hacer entonces? Crear un marco legal muy laxo y en base a él ir introduciendo pequeñas reformas "micro" que en apenas unos años, por acumulación, consolidan una reforma "macro" o global y hacen muy difícil la marcha atrás ("haced las leyes y dejadme los reglamentos"). Es lo que se está haciendo en Madrid de tapadillo, introduciendo sólo aquellas reformas legales que son imprescindibles jurídicamente (el área única", por ejemplo) y haciendo saltar por los aires los valores de lo público.

    Un grave problema de fondo es la confianza. En nuestro querido SNS nadie se fía de nadie: Ministerio de Sanidad, Comunidades Autónomas, servicios de salud, gestores, médicos, enfermeras, sindicatos, colegios, proveedores, pacientes... De ahí que siempre haya agraviados: si se reforma, porque se reforma y empeoro y si no, por que no se reforma y no mejoro.

    Y ya tenemos a todo el mundo dentro del sistema agraviado y sin fiarse de nadie: ideal. Así que cada cual a su bola y al resto que espabilen o si no, que les vayan dando.

    Porque fundamentar el rechazo radical al modelo de UGC -mejor o peor que el actual- como se hace en los foros un rato sí y otro también en que desaparecerán las bolsas de empleo centralizadas es sintomático: cada uno a su bola. Y que conste que esa razón me parece mucho más aceptable y entendible (hay detrás toda una biografía de la precariedad probablemente) que la de los acomodados sindicatos y sus liberados que en vez de decir "qué hay de lo mío" de manera directa (que es de lo que va esta unión contranatura), lo camuflan con referencias a lo público, la equidad, solidaridad, calidad, seguridad y otras tantas "ades". Y eso no es serio: son trampas de tramposos. Un abrazo.

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