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martes, 19 de julio de 2011

'Profesionalismo', Enfermería y colegios profesionales

El término profesionalismo, tal y como se viene utilizando desde hace ya algunos decenios como característico de las profesiones facultativas, no está registrado en el diccionario de la RAE (únicamente aparece una acepción, "cultivo o utilización de ciertas disciplinas, artes o deportes, como medio de lucro", la cual, sin duda, no viene al caso). En Wikipedia (¡oh, cielos!, lo que no está en la güiqui no existe) tampoco existe una entrada, ni siquiera en inglés. Pero si tecleamos en Google "professionalism" nos proporciona 42 millones de enlaces y "profesionalismo", 9.600.000".

En español, cuando buscamos "profesionalismo médico" (así, entrecomillado, o sea, la expresión completa), nos aparecen 15.700 enlaces, pero si tecleamos "profesionalismo enfermero" aparecen ¡únicamente ocho! Buscando en inglés, las diferencias se reducen sustancialmente: "medical professionalism" = 210.000; "nursing professionalism" = 43.200.


¿Qué es el profesionalismo? Difícil de sintetizar sin ofender a los grandes santones de la sociología de las profesiones, que fueron realmente quienes acuñaron el término en los años sesenta y setenta del siglo pasado (y a sus discípulos, herederos hoy de sus cátedras) y a la gran mayoría de las élites profesionales. A pesar de ello, yo he acuñado dos definiciones bien diferentes:

  • Empecemos por la más simple, a mi juicio la más útil, la que parte del hecho de que las profesiones están al servicio de la sociedad: "Profesionalismo es una política institucional de las corporaciones profesionales que trata de garantizar que todos los miembros de la profesión se comporten con profesionalidad (cualidad de la persona u organismo que ejerce su actividad con relevante capacidad y aplicación)".
  • Y sigamos por la complicada, la más retórica y a mi juicio la socialmente menos efectiva: "El profesionalismo es una política de las élites corporativas profesionales que afirma que, bajo su exclusivo control corporativo, todos los miembros de la profesión se comportarán siguiendo unas reglas deontológicas autoimpuestas y autocontroladas que harían innecesario que la profesión estuviera regulada externamente por los poderes públicos y que, en consecuencia, harían que el Estado debería ceder todas sus competencias de control a las propias élites corporativas".
Ya lo he escrito un montón de veces, pero no me aburro de hacerlo y además, los hechos (incluso los más actuales, como por ejemplo las corruptelas codiciosas de la SGAE, las trampas de parte de las agencias de calificación financiera, los delitos prepotentes con complicidad de la Policía del grupo Murdoch, los tejemanejes en los nombramientos en el Consejo Español del Poder Judicial, la permanencia del presidente del Consejo General de Enfermería a pesar de las sentencias del Tribunal Supremo...) van confirmando que no voy muy desencaminado: "Ningún grupo humano  -mercados financieros, iglesias, ejércitos, medios de comunicación, partidos políticos, poder judicial... o profesiones-  al que se conceda capacidad decisiva para autorregular su papel dentro de la sociedad, sus derechos, deberes, recursos y prerrogativas, sería capaz de resistir indefinidamente la tentación de incumplir sus propios códigos de autorregulación, cometer excesos y acabar tratando de imponer sus valores e intereses a la sociedad a la que supuestamente sirve". Esta es, creo yo, una afirmación que no es un juicio moral ni el reflejo de una visión nihilista de la vida: es, simplemente, una obviedad sociológica.


Viva el 'profesionalismo' como actitud práctica y ética al servicio de la sociedad, abajo el 'profesionalismo' como táctica elusiva de los deberes sociales por parte de las profesiones y sus agentes institucionales. A quienes dicen "¡qué horror! profesionales tan exquisitos y entregados como los sanitarios, controlados por sus empleadores/empresas (públicas, claro; las privadas no pueden), que van a corromper sus fundamentos morales y éticos...", yo les digo: ni una cosa, ni la otra. ¿Qué tal agencias públicas con participación de todos los agentes implicados: profesionales, usuarios, empleadores, juristas, expertos, sociedad civil, que entre todos traten de que todo vaya bien? ¿Que cuando los profesionales quieran que algo salga adelante tengan que demostrar  -y pactar dentro de sus órganos ejecutivos con un montón de intereses muy diversos- que no se trata sólo de su propio interés, sino del interés público al que se supone que sirven los entes reguladores profesionales? Los colegios profesionales, tal y como los conocemos hoy en día en su modelo, son TAN ANTIGUOS que dan fatiga. ¿Y si los pasamos por la 'batidora del tiempo' y los modernizamos un poquito? Seguro que es bueno, hasta para los propios colegios. Pero siempre desde una acepción de 'profesionalismo' al servicio real de la sociedad y no de sus propios intereses (que no tendrían porqué ser radicalmente incompatibles, aunque sin duda sí un poco).


[PS.- Por si algún colega sociólogo, muy improbablemente pero vaya usted a saber, siguiera este blog, le recomiendo que revise el último número de Current Sociology, dedicado a las organizaciones y ocupaciones profesionales y al profesionalismo, con aportaciones de colegas tan importantes como Ian Kirkpatrick, Julia Evetts o Mirko Nordegraaf. Hay de todo como en botica, pero algunos artículos  -como el de Evetts-  actualizan muy bien el debate].

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