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jueves, 23 de agosto de 2012

Funcionarios (III)

Comentaba en la entrega anterior de esta larga entrada que el funcionariado es el origen profesional principal de la clase política. De ahí que el acoso gubernamental al funcionariado que se ha venido produciendo en los últimos años y que se ha recrudecido en los últimos meses, hasta llegar a convertirse en un verdadero ensañamiento, tenga algo de fratricida.

Señalaba hace unos días Víctor Lapuente, en un atinado artículo de opinión en el diario El País, que la carrera política de los funcionarios tiene su punto de partida cuando acceden a los puestos funcionariales de libre designación (cuyos niveles iniciales son definidos con mayor o menor liberalidad por las comunidades autónomas, pero que pueden empezar a partir de las jefaturas de servicio) y, desde ellos, a los cargos político-funcionariales (director general, subsecretario...) o directamente políticos dentro de la administración general (secretario de estado, consejero, ministro) o institucional (empresas y fundaciones públicas).

Bien es cierto que las castas funcionariales nutricias del establishment político son las de los cuerpos superiores. Si bien estas castas funcionariales están sufriendo recortes retributivos y de efectivos, no es menos cierto que tienen mayores niveles salariales y complementos retributivos, a veces verdaderamente creativos para esconder la indignidad que conllevan, tanto del ordenante como del receptor.

El interfaz entre funcionarios en llegada (puestos que empiezan a ser importantes, mejor retribuidos, más difíciles de alcanzar si no se obtienen ayudas) y políticos en salida (los puestos más de base del escalafón político, por tamto los más accesibles para que te enchufen cuando inicias tu carrera política) es complejo, como un sistema de capilares que nutre unos tejidos muy exigentes en cuanto a fidelidades, no ya solo partidarias, sino de grupo o incluso individuales: Si hoy estás conmigo, tendrás que apostar a muerte por mí, porque si no mañana, para quien eventualmente me sustituya  -aunque sea de mi/nuestro mismo partido, no te creas-  serás indigno de confianza, ya que me ayudaste a mí a crecer y no a él a llegar.

Se trata de un esquema sistemático de corrupción institucional. El funcionario que, legñitimamente, quiere crecer profesionalmente, llega un momento en que tiene que empezar a vender su alma al diablo, a ofrecer fidelidades políticas que nunca hubiera ofrecido y a actuar sin  la objetividad administrativa que aceptó como leit motiv profesional, para poder llegar a los puestos donde realmente podría ser de mayor utilidad a su administración pública y a la ciudadanía; pero cuando llega es cuando ya se ve obligado a traicionar sus convicciones de servicio público.

Esto no sucede de un día para otro (salvo que se trate de un trepa muy bien relacionado), sino que se trata de una carrera, como la del yonqui, en la que cada paso dado hace  muy difícil volver atrás. Tu vida profesional pasa a depender de tu protector, que puede enviarte de nuevo a los infiernos para, como Sísifo, tener que empezar a ascender de nuevo por la inhóspita y escarpada montaña de la función pública.

Y aquí, ahora, ya sólo quedan cuatro estrategias:
  • La más improbable, el downsizing, renunciar a esos puestos tan codiciados, a conquistar el ochomil, y asentarte en un confortable campamento base.
  • La más arriesgada: abandonar la expedición y tratar de ponerte en valor en el mercado.
  • La más aventurera, decidir abandonar esa zona gris para dar el salto definitivo a la política institucional, primero de la mano de tu chulo, apuñalándolo después para servir a otro con mayores influencias, trabajando mucho tu perfil orgánico con los compañeros de partido y, finalmente, tratando de llegar a la Política (con mayúsculas), donde, si no lo haces demasiado mal, podrás saltar de una administración a otra, quizás al parlamento regional, algunos consejos de dirección bien remunerados y poco exigentes, un día tal vez consejero o secretario de estado... ¿porqué no ministro (viendo lo visto)?
  • Y la más fácil, aquella en la que el funcionario práctico planifica una carrera eficiente, tratando de no significarse mucho  -es decir, dejando que los méritos se los apunte su jerifalte del momento-, consolidando nivel tras nivel, hasta llegar a la mítica vocalía-asesora-nivel-30, donde uno tiene garantizados de por vida 50.000 o 60.000 euros anuales (dependiendo de los trienios). Con la ventaja de que, como has tenido tantos protectores eres demasiado promiscuo como para que nunca nadie vuelva a tratar de seducirte, asñi que no te molestan  mucho. Lo que hagas en los ¿15, 20 años? que te quedan para jubilarte es cosa tuya, hay dos caras de la moneda. En la Cara A, se estudia y se mantiene uno actualizado, publica artículos, acude a congresos, hace informes de oficio  -que en general nadie lee-, realiza su doctorado y trata de ser un buen servidor público cuando le dejan. En la Cara B, uno considera el puesto una canonjía que se ha ganado a pulso y dedicará el resto de su vida a  vivir del cuento, trincar los 4.000 euros mensuales y aprovechar las circunstancias para realizar actividades de influencia más o menos reprochables, más o menos provechosas. Yo conozco las dos caras de esta moneda, pero revisando mis aprecios, casualmente sólo los encuentro entre los de la cara A.
Alguien dirá que no siempre es así. De acuerdo, pero las probabilidades siempre son pocas y menos si hay que mantenerlas durante los largo años que quedan por delante. No es un problema de personas, se trata de un sistema de gobernanza corrompido y corruptor que acaba alentando conductas organizacionales deplorables, claramente reaccionarias, encaminadas únicamente a mantener el estatus quo y a socializar a los funcionarios en la cultura de nadar y guardar la ropa, mirar para otro lado y tratar de medrar como un apreciado y apacible miembro del clan que respeta los hábitos.

Y eso explica que alguien dijera una vez que los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los más inútiles son los que están más arriba.

viernes, 25 de mayo de 2012

Las notas de Barcelona: (4) La enfermería tiene un problema político



El pasado 18 de mayo pronuncié la conferencia de clausura
del Congreso de la Asociación de Enfermería Comunitaria,
en Barcelona. Reproduzco aquí las notas que me sirvieron para
amenizar durante 70 largos minutos a la sufriente audiencia
(para que no me odien también los lectores del blog las he dividido
en cinco entradas. Esta es la cuarta; por si no  habéis leído las anteriores,
la primera,la tenéis aquí, la segunda, aquí y la tercera aquí)


4. La enfermería tiene un problema político


La enfermería lleva casi medio siglo en una larga marcha de ocupación a profesión. Una profesión, a diferencia de una ocupación, se caracteriza por haber sabido encontrar su “lugar al sol” en el ecosistema profesional, un nicho competencial propio en el que, aunque las fronteras siempre se solapan, sea relativamente simple y consensuada una definición de los roles y funciones que le son propios y exclusivos.

Es justo reconocer que, tras este medio siglo largo, aún no se puede dar por finalizada, con carácter general, esa larga marcha. Que aunque se ha progresado, y mucho si consideramos que cincuenta años no es nada, en el desempeño autónomo de funciones y roles enfermeros, sigue existiendo en muchos ámbitos una subordinación funcional básica a la profesión médica. Los médicos siguen estando en el centro exacto del sistema y acaparan el escenario político y mediático sin dejar hueco para que otras profesiones sanitarias pueden mostrar a la sociedad cuál es su insustituible aportación a la salud y bienestar de los ciudadanos y al sostenimiento de los servicios sanitarios modernos. Aunque, como la enfermería, sean realmente el ‘hombre orquesta’ de los servicios sanitarios.

Desde mi punto de vista, el problema es que la enfermería no existe ni en los medios de comunicación ni en el imaginario público, es decir, que tiene un serio problema de imagen pública, un severo déficit de visibilidad social. Cualquier pequeño avance médico ocupa titulares y portadas; cualquier gran avance enfermero no aparece más que en revistas enfermeras, no existe para la opinión pública. Una anécdota puede ilustrar bien este problema: cuando presenté mi libro, uno de los asistentes era el responsable de la sección de salud de El País. Atendió amablemente, hizo preguntas, pidió aclaraciones... Al salir me comentó: “Me parece muy interesante, has dicho cosas que nunca había pensado. Ahora, el problema es: ¿sobre qué escribo para poder hacer una reseña que le interese a los lectores?”. La verdad, no supe bien qué responder, así que le dije: “No sé, mira a ver lo de Bolonia y el tema demográfico...”. Y así lo hizo.

[Por cierto, ya que estoy aquí, en Barcelona, si mis cuentas no fallan este curso no se diplomará ni graduará ninguna enfermera en Cataluña: ya no salen diplomados y hasta el año que viene no saldrán graduados. Veremos qué pasa a lo largo de 2013].

Yo creo que la mayor parte de la responsabilidad en esta invisibilidad es de la propia enfermería, muy especialmente  -¡pero no sólo!-  de sus dirigentes corporativos. ¿Tan difícil es redactar un pequeño documento en el que se explique a los ciudadanos, en términos sencillos pero convincentes, las razones por las que la enfermería es una profesión cualificada, independiente y autónoma, con bases científicas y ámbitos disciplinares propias, que desempeña unas funciones exclusivas que nadie que no tuviera formación enfermera podría desempeñar? ¿Que es una profesión creíble que si pudiera desarrollar todo su potencial contribuiría notablemente a solucionar muchos de los problemas de los que adolecen los servicios sanitarios públicos?

No debería serlo, pero parece que sí que lo es, porque yo nunca lo he visto. Sólo he visto textos donde enfermeras explican a enfermeras lo importantes y cualificadas que son las enfermeras. Y eso es un monólogo, no un diálogo.

Y entonces, claro, resulta que el problema es más estructural que funcional. Hagáis lo que hagáis  siempre seréis observados con desconfianza si tratáis de retar el orden establecido. Y en ese terreno, bien abonado por la desconfianza, cala fuertemente en la gente el sencillo mensaje de los bien engrasados aparatos de propaganda de otros grupos profesionales: que lo único que busca la enfermería son beneficios propios, un “quítate tú para ponerme yo”. Cualquier propuesta de cambio de cualquier agente profesional que no trate realmente de dar respuesta a problemas generales del sistema sanitario carecerá por completo de futuro, incluso aunque llegara a legislarse en el sentido propuesto. El ejemplo del fracaso del decreto de especialidades enfermeras de 1987 habla por sí solo: tuvieron que pasar 20 años hasta que se re-legisló.

Como escribía la periodista y ensayista Suzanne Gordon referido a un país (el suyo, Estados Unidos) donde la escasez de enfermeras es un serio problema y donde se desarrolla una intensa campaña para que las enfermeras opten por un grado en vez de por una diplomatura (simplificando y utilizando nuestra propia terminología universitaria):

“Quienes no somos enfermeras –la mayor parte de los cuales algún día seremos pacientes– tenemos un interés claro en ayudar a que las enfermeras obtengan mayores recursos educativos. Pero ese interés social en la educación enfermera y su financiación depende de la seguridad que tengamos de que las facultades de enfermería producirán gente que quiera cuidar de nosotros cuando estemos enfermos. Si una formación de cuatro años para ser enfermera resulta deseable será porque la educación resolverá la escasez de enfermeras, no los problemas de inferioridad del estatus profesional de la enfermería”.

¿Se nos ha explicado a los ciudadanos en qué nos beneficia personalmente  que las enfermeras puedan recetar medicamentos? ¿O que estudien cuatro años en vez de tres, asumiendo el contribuyente buena parte del coste de esta extensión? ¿Se les ha explicado qué es lo que estudian durante cuatro largos años para acabar siendo las ayudantes de los médicos que hacen lo que les mandan? Porque no es bueno engañarse: así es como el imaginario social visualiza a las enfermeras y nadie hace el más mínimo esfuerzo para desmontar esa obsoleta y dañina visión.

Este problema se resume fácilmente, sobre todo si uno es un poco escéptico: las élites enfermeras siempre han ido a lo suyo, anteponiendo sus propias necesidades (ser admitidas en pie  -más o menos-  de igualdad en las oligarquías políticas, docentes, investigadoras y directivas) a las necesidades reales de la profesión. Y a pesar de que de alguna manera vendieron sus almas y de paso a las enfermeras del mundo real, las que nos cuidan y protegen, no consiguieron en absoluto sus objetivos. Siguen formando, con pocas excepciones, parte de un gueto. Ilustrado, pero gueto.

¿Cuántas enfermeras hay en los órganos directivos de nivel ejecutivo o de alta asesoría del ministerio y de las consejerías de sanidad o de los servicios regionales de salud, es decir, donde se toman las decisiones estratégicas que afectan a las políticas sanitarias generales, el progreso de las profesiones sanitarias y al bienestar y el crecimiento de los profesionales?

Hace unos días, en un blog del Huffington Post, la directora de una asociación internacional de enfermeras revelaba que el 90% del staff de la Organización Mundial de la Salud eran médicos y menos de un uno por ciento (0.8%), enfermeras, a pesar de que la enfermería supone más del 80% de los profesionales sanitarios. “Por qué las enfermeras son los héroes olvidados de la salud global”, se interrogaba el título del artículo. Y decía esto:

“Aunque las enfermeras prestan el 90% de todos los servicios de salud del mundo, siguen siendo básicamente invisibles en los despachos de los ministerios y de las agencias internacionales donde se adoptan las decisiones. Su ausencia constituye una crisis sanitaria global. En los encuentros clave donde los expertos en atención sanitaria y salud pública y los donantes internacionales planifican los desarrollos globales en salud y las prioridades en  prevención y tratamiento, las enfermeras, que son quienes prestan la inmensa mayoría de los cuidados, raramente son convocadas”.


Cuando digo  -y lo hago a menudo-  que la raíz de los problemas de la enfermería es de carácter político me refiero a este tipo de situaciones que no deberían ser toleradas. Sin embargo, suceden con el asentimiento tácito del Consejo Internacional de Enfermeras, a nivel internacional, y del Consejo General de Enfermería en nuestro país. Da la impresión de que están mucho más interesados en el autobombo que en la defensa de la profesión, en el politiqueo que en la política con mayúsculas y, desde luego, en el capital financiero que en el capital humano. En mi humilde (pero documentada) opinión, sus dirigentes constituyen hoy en día el más grave problema de la enfermería española, y eso que éstos son muchos y muy serios. Creo que todas las organizaciones enfermeras progresistas (dicho esto en el sentido exclusivo de progreso profesional) deberían conformar una amplia coalición para tratar de cambiar el actual status quo y promover un relevo generacional (y a ser posible de género) y un proceso de regeneración profesional y ética de su representación corporativa. No deberíais permitir que gente así siga hablando en vuestro nombre.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Auto-gobierno, contra-poderes y cara-duras

La noticia que destaca hoy toda la prensa nacional sobre el presunto abono por el Consejo General del Poder Judicial de los gastos derivados de viajes privados de su Presidente, Carlos Dívar, trae de nuevo a colación la vieja polémica sobre el autogobierno de ciertos colectivos profesionales, como los jueces, que aprovechan la trascendencia de su misión -cuando les interesa son colectivos laborales, pero cuando les viene bien reivindican su papel y estatus de instituciones sociales-  para reivindicar su autonomía con respecto a los otros dos poderes. Pero una cosa es el autogobierno y otra muy diferente situarse por encima de la sociedad. El poder ejecutivo responde ante el legislativo y éste, ante los ciudadanos. ¿Y el poder judicial, ante quien responde? Ante nadie, por eso puede actuar sin rendición de cuentas (la preciosa palabra inglesa accountability).

Igual es verdad que cualquier alternativa al actual modelo de gobierno corporativo del Poder Judicial fuera peor que el actual, como dicen algunos de los que viven cómodamente instalados en él. Pero parece difícil: se ha instaurado el cambalache como norma y en vez de cubrirse las plazas de responsabilidad siguiendo los principios de mérito y capacidad se hace cambiando cromos, hoy por ti, mañana por mí. Y si en tiempo de crisis todos debemos apretarnos el cinturón, eso no tiene nada que ver con ellos, incluso se autoadjudican ayudas que ningún otro funcionario tiene, ni tendrá. Y además el apetito de autocontrol nunca tiene fin, los pocos controles que existen, estorban, y de vez en cuando piden dinamitarlos. En fin, una vez más: autocontrol = opacidad = descontrol = a río revuelto, ganancia de pescadores y tiro porque me toca.

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Ningún grupo humano –mercados financieros, iglesias, ejércitos, medios de comunicación, partidos políticos, poder judicial, sociedades de gestión de derechos, profesiones...– al que se conceda capacidad decisiva para autorregular su papel dentro de la sociedad, sus derechos, deberes, recursos y prerrogativas, sería capaz de resistir indefinidamente la tentación de incumplir sus propios códigos de autorregulación, cometer excesos y acabar intentando imponer sus valores e intereses a la sociedad a la que supuestamente sirve.

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Esto lo escribí hace ya unos años, pero la realidad no hace más que recordármelo. Es cierto que el control estatal en ámbitos sociales delicados  -como los citados arriba-  sólo sirve por lo general para generar burocracia, incompetencia y nepotismo. Pero es preciso encontrar puntos de equilibrio.

Para encontrar un equilibrio, muchas veces se ha echado mano del modelo agencial: agencias supuestamente independientes, nombradas por los parlamentos con un período tasado de permanencia y unos objetivos estratégicos. Vamos, la misma filosofía que la del Tribunal Constitucional. ¿Y qué ha pasado? Bueno, ya que me he despachado con el Poder Judicial, mejor no abundo con estos otros padres de la patria que pueden llegar a tardar 13 años en resolver recursos de inconstitucionalidad, es decir, simplemente en hacer su trabajo, que es por lo que cobran (129.271 euros el presidente y 110.520 los magistrados).

En países civilizados, aquellos en los que los servidores públicos no se creen los dueños del cotarro y donde las desviaciones de poder se castigan duramente (no digamos la corrupción), el sistema agencial está muy asentado y funciona mal que bien por lo general, aunque se está continuamente rfevisando para mejorar. Pero ¿por qué funciona? Básicamente porque se establece un sistema de contrapoderes. ¿Cómo? Sentando en los órganos de gobierno a la sociedad a través de respetables ciudadanos y profesionales (no a los amiguetes...) cuyo voto es necesario para aprobrar, por ejemplo, las dietas de viaje de sus miembros ejecutivos. Y cosas mucho más serias, claro.

Por ejemplo, los órganos reguladores y de control de las profesiones 'colegiadas' en el Reino Unido (el General Medical Council para los médicos o el Nursing and Midwifery Council para enfermeras y matronas) sientan en sus boards más miembros ajenos a la profesión (lay members) que profesionales (practising members). En el caso de las enfermeras y matronas, cinco miembros  profesionales por seis no profesionales. En el caso de los médicos, doce profesionales y doce no profesionales, aunque está previsto que se aplique lo que ya aplicó el Nursing & Midwifery Council, una mayoría de no profesionales.

¿Quién tiene miedo al control de la sociedad, como contrapoder a la autonomía regulatoria? En nuestro país, todos los que han encontrado la manera de ser tratados como una casta al margen de la legalidad ordinaria.

miércoles, 11 de abril de 2012

El ectoplasma del especulador criminal

Cuando nos hablan de los mercados al hablar de las crisis económicas siempre nos remiten a una nebulosa sin nombres ni caras: "Los Mercados".

Y entonces los especuladores criminales son como almas en pena, fantasmas sin identidad pululando por el inframundo, de quienes no sabemos nada hasta que: a) alienados por el SPAM (síndrome puto amo del mundo) acaban en la cárcel; o b) hacen el suficiente dinero como para poder permitirse el lujo de emerger al mundo de los vivos en forma de filántropos y mecenas.

Pero, al igual que las almas en pena cuando se ven atormentadas por una presencia humana que las atrae hacia la vida y generan un ectoplasma que permite entreverlos, algunos especuladores criminales crean su propio ectoplasma y se dejan entrever con su identidad verdadera. A veces  -como al ectoplasma de las almas en pena-  cuesta reconocerlos, pero otras aparecen en todo su esplendor, desvelando su alma de especulador criminal.

Eso le pasó a Jonathan Carmel, un ejecutivo del banco de inversiones Carmel Asset Management destinado en Londres, que ha vuelto su codiciosa vista hacia España y ha difundido para otros posibles especuladores que quieren participar de la orgía financiera una amplia presentación con sus peores augurios para el Reino de España y su estrategia para sacar riqueza privada de la riqueza pública. Podéis verlo en este atroz documento, en el cual se presenta la siguiente imagen para ilustrar nuestra situación (clicar para agrandar):



Lo que propone es utilizar un retorcido producto financiero denominado credit default swap (CDS, un 'derivado crediticio' manipulado, esos con los que se tuvo prohibido unos meses operar en la Unión Europea), con la siguiente estrategia (simplifico): se trata de 'alquilar' deuda soberana española a entidades financieras y asegurarlas con una aseguradora especializada en inversiones contra un posible impago del emisor (el Reino de España en este caso), a cambio del pago de una renta anual (en este caso, del 3,5% sobre el total de deuda 'alquilada'). En el caso de que el país, como le ha pasado a Grecia, quiebre y se produzca una quita parcial o un impago total, la aseguradora está obligada a abonar al asegurado (el 'alquilador') el importe nominal de parte o toda la deuda 'alquilada'. El 'alquilador', entonces, devuelve la deuda al 'arrendador' (que en realidad se ha quedado sin nada, al menos a corto plazo) y se queda con todo el dinero.

Para eso, naturalmente, hace falta que el estado emisor quiebre y se produzca el impago. Carmel apuesta por la quiebra de España durante 2012 y promete unas rentabilidades para los inversores de su proyecto ¡del 300% sobre la prima anual!

Al parecer, según informa The Wall Street Journal, el informe-propuesta ha causado una fuerte impresión en Wall Street, que es lo que se pretende, ya que de lo que se trata es de realizar una profecía autocumplida: las agencias de calificación rebajarán la calificación de nuestra deuda, las primas de riesgo seguirán creciendo hasta unos tipos que impidan hacer frente al pago de los intereses de la deuda y el Reino de España estará abocado al impago o a la quita parcial de deuda soberana y Carmel Asset Management cobrará de las aseguradoras los intereses no abonados, que habrán ido creciendo conforme lo hacía el interés que hubo que ofrecer a los inversores para que compraran deuda soberana española.

Sí, a veces a los especuladores criminales se les escapa el ectoplasma, como le ha pasado a Jonathan Carmel. Sin embargo (a pesar del apellido Carmel, coincidente con el de la agencia de inversiones), Jonathan no es sino un Portfolio Manager, un pardillo ambicioso  -y no menos criminal-  a quien han puesto a hacer el trabajo sucio mientras que los especuladores criminales senior seguirán siendo  parte de esa nebulosa sin nombres ni caras hasta que acaben en el trullo o emerjan al mundo de los vivos revestidos de filántropos financiando la lucha contra la malaria o el analfabetismo.

PS.- Este no es sino un modesto blog sobre enfermería, sanidad y sociología, en el que la política general juega un papel muy ocasional porque creo que este enfoque ayuda mejor al humilde  -pero a la vez ambicioso-  objetivo de ayudar a que la enfermería empiece a dejar de ser un activo social desperdiciado (sobre todo en estos momentos de voladura controlada del Sistema Nacional de Salud). Pero la repugnancia y la indignación a veces sobrepasan el nivel de la válvula de escape y hay que abrir la olla y compartir la mala leche desvelando el pequeño ectoplasma que, fugaz, ha pasado por la pantalla del ordenador.

martes, 28 de febrero de 2012

Construyendo la voz profesional de las enfermeras (Steven Lewis)

Me ha interesado enormemente una entrevista que Enfer Evidente (¡gracias!) nos enlazaba hoy con Steven Lewis, canadiense, profesor de salud pública y consultor, sobre cómo construir una voz profesional enfermera capaz de ser escuchada y respetada. Una de las preguntas (min 04.44) es la siguiente (traducción libre): ¿Cómo podrían las enfermeras fortalecer su voz para ganar influencia en los servicios de salud?

Dicho de manera resumida, hace tres reflexiones que para mí son clave:
  • ¿Queréis realmente jugar un rol significativo en el desarrollo del sistema sanitario? En estos momentos tan interesantes (y dado que la naturaleza de los servicios públicos de salud siempre es política) es más importante que nunca implicarse políticamente.
  • Las enfermeras tendrán que encontrar un equilibrio entre su vida puramente personal, su vida clínica y profesional y su vida como ciudadanos, es decir, la acción política dentro del sistema.
  • Dada la enorme diversidad de la enfermería como profesión, geográfica, sectorial, un montón de aspectos diferentes a los que debéis prestar atención, ¿cómo podéis crear un frente común unido para disponer de una voz políticamente más efectiva?
 Sin tratar en ningún momento de ponerme a la altura del profesor Lewis, ni mucho menos, me he sentido confortado al encontrar voces respetadas que hacen tanto hincapié en la naturaleza básicamente política de los problemas fundamentales de la enfermería: imagen social, reconocimiento profesional, participación en pie de igualdad en las estructuras político-directivas sanitarias y en los procesos clínicos de toma de decisiones, autoestima y motivación...

Hace unos cuatro meses escribía: Aunque las enfermeras y enfermeros soléis explicar vuestra satisfacción o insatisfacción profesional como algo un tanto aleatorio, en qué ámbito trabajes o qué jefes te toquen, no es así realmente y todo lo difícil que es verlo desde dentro, es fácil desde fuera. El problema básico no es interno, un mero asunto de organizaciones, estructuras, reglamentos y personas: el problema básico es de carácter político.

La pregunta importante que se (os) hace Lewis es la final: ¿cómo se puede crear un frente común unido para disponer de una voz políticamente más efectiva? Lo que es evidente es que con las actuales estructuras organizativas profesionales no se puede contar para generar ese movimiento colectivo que se necesitaría para construir la voz de la profesión, una voz respetada y escuchada que hable por y de una profesión respetada y escuchada: quien podría hacerlo no quiere y quien querría hacerlo (piensa que) no puede.

Así que, ¿para cuándo esperáis los sectores enfermeros más concienciados y articulados impulsar un movimiento profesional encaminado a crear una gran Coalición por el Progreso de la Enfermería, en la que se impliquen activamente todas aquellas organizaciones y colectivos  -colegios provinciales y consejos autonómicos, agrupaciones sindicales, sociedades científicas, foros y asociaciones profesionales, comunidad 2.0, estamentos docentes y facultades de enfermería, estudiantes, directivos... perdón si me dejo a alguno, que seguro que sí-  que deseen romper este frustrante y estéril estatus quo?

Supongo que son el desánimo y la impotencia lo que cohíbe algo que tantas veces, en tantos foros, a tanta gente, he escuchado desear hacer sin atreverse luego (salvo alguna  -aunque quizás algo frustrante-  excepción). Y quizás también una cierta ambigüedad entre quienes han optado por ser cabeza de ratón en vez de cola de león, quién sabe...

lunes, 30 de enero de 2012

SPAM

Ayer, el diario EL PAÍS publicaba un más que interesante artículo del prestigioso sociólogo Moisés Naím, titulado Davos, hybris y BRICS, cuya lectura recomiendo encarecidamente.

La verdad es que no he podido evitar relacionarlo con una entrada de mi blog, de hace unos seis meses, titulada Los 'putos amos del mundo', aunque es cierto que 'hybris' [“cuando los dioses quieren destruir a alguien, primero lo vuelven loco”] es mucho más retórico y explicativo. Pero el contenido es prácticamente el mismo. Recuerdo lo que dije entonces sobre el SPAM:

"En su momento, dediqué muchas horas a documentarme para tratar de entender este tipo de conductas suicidas y llegé a la conclusión de que se deben a un síndrome, el síndrome del puto amo del mundo [SPAM]. La gente que lo padece se siente tan poderosa e inalcanzable, tan por encima de la gente común, tan protegida por los políticos y periodistas a los que compra (y,  a través de ellos, por los estamentos policiales, fiscales y judiciales más corruptibles), que se creen literalmente intocables y seguros, al margen de la ley; rodeados exclusivamente por corruptos y pelotas, han perdido la sensibilidad para percibir los riesgos inherentes a sus actividades delictivas. Y, por supuesto, no se dan cuenta de que han ido generando en el camino miles de enemigos con ganas de entrar a saco en sus yugulares; pero no importa, siguen sintiéndose seguros, por algo son los PUTOS AMOS DEL MUNDO. Hasta que su codicia y sus enemigos les ayudan a cavar sus propias tumbas."
Al igual que el de Naím, mi artículo se basaba en el caso Enron y lo relacionaba con otros PAM (aunque uno de ellos, Francisco Camps, se ha ido de rositas judicialmente, al menos hasta el momento...). Dada la nula probabilidad de que Naím conociera mi texto y se inspirara en él, la verdad es que alegra saber que un colega tan prestigioso y admirado comparte una misma forma de analizar la realidad.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Sobre la degradación moral del servidor público

En democracia, todas las propuestas e iniciativas políticas son respetables dentro del marco jurídico vigente en cada momento. Incluso, naturalmente, las propuestas de cambio del propio marco jurídico impulsadas por mayorías parlamentarias suficientes. Así, el poder legislativo aprueba leyes que luego son desarrolladas por el poder ejecutivo. Pero en la acción política de los poderes públicos, que son quienes se supone que aplican las leyes, siempre existen, o deberían existir, límites morales que cuando son sobrepasados no pueden justificarse por el mero hecho de que no vayan contra el ordenamiento jurídico o incluso de que puedan ser amparados formalmente por él. Todos conocemos, lamentablemente, miles de ejemplos de aplicación torticera de las leyes y reglamentos por parte de poderes o reguladores públicos que, ajustándose estrictamente al ordenamiento jurídico, cometen verdaderos fraudes de ley, generalmente para beneficiar a partes interesadas. Ya me he referido en algunas ocasiones a este tipo de corrupciones de guante blanco guiadas básicamente por la codicia.

Pero hoy quiero referirme a otro tipo de actuaciones radicalmente distintas, no guiadas por la codicia o el ánimo de lucro, sino por un ciego integrismo ideológico y/o sectarismo partidista aplicado sin sensibilidad ni proporcionalidad algunas, que muestran en quienes las idean y aplican (u obligan a aplicar) un evidente signo de envilecimiento moral personal.

A muchos, nos parece que el desmantelamiento sistemático de las políticas sociales desarrolladas a lo largo de tantos decenios es un desastre social que generará una sociedad menos justa, menos solidaria y menos segura. Que el creciente trasvase de fondos públicos hacia empresas privadas en sectores como la educación o la sanidad tendrá efectos devastadores a medio plazo para la salud pública y para los valores de socialización que representan y transmiten estas importantes instituciones sociales. Que las políticas de recortes ciegos en el gasto sanitario que se están realizando en casi todas las comunidades autónomas, pero muy especialmente en Cataluña, tendrán como efecto inevitable una desestructuración organizativa ajena a toda lógica organizacional o empresarial, un empobrecimiento del capital humano e intelectual y una degradación del profesionalismo sanitario en los servicios de salud.

Son opiniones perfectamente legítimas; pero es necesario reconocer que tan legítimas y respetables son las de quienes piensan todo lo contrario: que, efectivamente, el sector privado es genéticamente más eficiente y efectivo; que el exceso en la oferta de servicios públicos gratuitos en el punto de acceso estimula una gravosa sobreutilización de los servicios y que, por ello, hay que redimensionarla; o que el estado debe tener una intervención más reducida como prestador de servicios, limitándose a su tarea de regulador.

Pero quienes han decidido en su delirio ultraliberal que pueden añadir una mortificación gratuita a la población más mortificada por la crisis, los desempleados que han agotado la prestación por desempleo, y dejarlos sin cobertura sanitaria pública, sin aviso previo y por un período indeterminado de tiempo, a apenas un mes, además, de la entrada en vigor de la disposición adicional sexta de la Ley 33/2011, de 4 de octubre, General de Salud Pública, que les reconoce el derecho a la asistencia sanitaria pública a partir del 1 de enero de 2012, son unos canallas. Canallas con nombre y apellidos concretos: a algún enchufado del partido en un puesto de libre designación, con nombre y apellidos concretos, se le ha ocurrido (o la ha copiado) la perversa idea; a su director general, también con nombre y apellidos concretos, le ha parecido una idea cojonuda; y el gerente del servicio de salud, el consejero de sanidad y el presidente de la Comunidad Autónoma, con nombre y apellidos concretos todos ellos, han bendecido la canallada y ordenado ejecutarla. Son todos un perfecto ejemplo de cómo una carrera de degradación política puede conducir a un envilecimiento moral personal.

Ello ha ocurrido, al menos, en dos comunidades autónomas: Galicia y Murcia. Los presidentes de las comunidades autónomas tienen nombre y apellidos concretos: Alberto Núñez Feijóo y Ramón Luis Valcárcel Siso. Los consejeros de sanidad también tienen nombre y apellidos concretos: Pilar Farjas Abadia y María Ángeles Palacios Sánchez. Y los gerentes de los servicios de salud también tienen nombre y apellidos concretos: Rocío Mosquera Álvarez y José Antonio Alarcón González. Los nombres que, lamentablemente, no conocemos son los de los restantes canallas, seguramente pelotas del partido con ganas de hacer méritos.

Pero todos ellos merecerían entrar a formar parte de la Historia universal de la infamia borgiana.

miércoles, 26 de octubre de 2011

La jornada de Jaén: (2) El problema es sobre todo de orden político

El viernes 21 de octubre participé en las III Jornadas Giennenses de Enfermería de Cuidados Críticos, Urgencias y Emergencias con la conferencia inaugural, un verdadero honor. A la espera de los podcast que publicarán en paginasenferurg.com, el mejor homenaje a mis anfitriones  -Jesús López Ortega, Antonio J. Valenzuela, Sixto Cámara...- es compartir con ellos y con vosotros las notas de la conferencia.

La segunda entrega es El problema es sobre todo de orden político y está tomada literalmente así de mis notas, aunque pueda parecer que está escrita al hilo de lo sucedido ayer: el Consejo General de Enfermería aprueba intervenir el Colegio de Badajoz; ya volveremos sobre ello con más información de primera mano. Casualmente, el presidente del colegio de Badajoz, Carlos Tardío, estuvo también en las Jornadas Giennenses.

Bueno, éste el texto original de mis notas para esta segunda entrega:

Aunque las enfermeras y enfermeros soléis explicar vuestra satisfacción o insatisfacción profesional como algo un tanto aleatorio, en qué ámbito trabajes o qué jefes te toquen, no es así realmente y todo lo difícil que es verlo desde dentro, es fácil desde fuera.

El problema básico no es interno, un mero asunto de organizaciones, estructuras, reglamentos y personas: el problema básico es de carácter político. Existe un poderoso  -y totalmente legítimo-  lobby médico muy eficaz en mantener un status quo que le favorece, pero desde luego no existe  un lobby enfermero capaz de retarlo.

Hace apenas unos meses, la Ministra de Sanidad ha firmado dos acuerdos  -vale: papel mojado, dado el 'tempo' político actual, con elecciones generales dentro de un mes-, uno con los médicos y otro con las enfermeras. Si miramos las fotos de la prensa...







...encontraremos una gran diferencia: en el acuerdo con la profesión médica, la Ministra estrecha cinco manos: las de los colegios, los sindicatos, los decanos de las facultades de medicina, las sociedades científicas y la asociación de alumnos de medicina.

Pero, si miramos la foto del acuerdo con la enfermería... sólo vemos al patético presidente en funciones del Consejo General de Enfermería: han desaparecido de la foto el sindicato, las sociedades científicas, los directores de los centros universitarios de enfermería y la asociación de alumnos de enfermería. Todo lo que no sea su insaciable ego.

¿Qué sucede? Encontramos dos alternativas:

          O el presidente en funciones del Consejo no se habla con el resto de la profesión...
          ... o el resto de la profesión no se habla con el presidente en funciones del Consejo.

En este caso, me temo, suceden las dos cosas. Y, entonces (también suceden las dos cosas):

       El presidente en funciones del Consejo tiene un serio problema de relación con la profesión a la que se supone que representa.
      La profesión enfermera tiene un serio problema con el presidente en funciones de su Consejo General de Enfermería. Y, entonces, quien se supone que representa, exclusivamente por imperativo legal, a la profesión enfermera, está aislado y sólo se representa a él mismo.

Esta re-conocida limitación merma la capacidad de influencia del impostado Consejo General. Y cuando no se tiene capacidad de influencia sólo le buscan a uno para hacerse la foto firmando acuerdos fútiles, pero nunca para redactar los reglamentos, como le pasa a nuestro Consejo General de Enfermería.

Y, como decía socarronamente el Conde de Romanones al presidente del Congreso de los Diputados, cuando ya era presidente del Consejo de Ministros bajo el reinado de Alfonso XIII, “hacedvosotros las leyes y dejadme a mí los reglamentos”. Y él lo sabía bien, no en vano había sido, antes que primer ministro, presidente del Senado y después del Congreso de los Diputados...

lunes, 25 de julio de 2011

Políticos de los que sentirse orgulloso: lo mismito que aquí...

A punto de irme un par de semanas de vacaciones para descansar, os enlazo como cierre del curso un vídeo que me ha pasado mi hermano (gracias, Alfonso) con una vibrante intervención en la Asamblea Legislativa del Estado de Río de Janeiro de la diputada Cidinha Campos, denunciando las componendas que tratan de designar miembro del Tribunal de Cuentas a un absoluto chorizo, con la ayuda  -por complicidad o por omisión del deber-  de la mayoría de la Asamblea. No tiene pérdida, ni su coraje, ni la situación que describe, ni la ironía con que cuela el discurso en un debate que en realidad era sobre la producción láctea: quiere hablar "de los mamones".

¡Qué pena que no puedan exportarnos, aunque fuera un solo parlamentario como ella... !

Felices vacaciones (a quienes las tengan) y ánimo (a quienes no), seguimos a la vuelta.

miércoles, 20 de julio de 2011

Los "putos amos del mundo"

Hace apenas diez años, pero parece que hubieran pasado 100, la gigantesca empresa multinacional del sector energético Enron quebró y se llevó por delante, no sólo a la propia empresa, sino también a su firma auditora, Arthur Andersen, entonces la más importante del sector a nivel mundial.

Enron pasó en 15 años, de ser una pequeña empresa petrolera tejana a convertirse en la séptima empresa de los EEUU, con 21.000 empleados en 40 países y 100.000 millones de facturación en el año 2000. En 2001, apenas tres meses antes de su quiebra, fue galardonada por la revista Fortune como la empresa más innovadora del país.

En realidad, el negocio de Enron no era vender suministros, sino especular en bolsa con ellos, captando a cientos de miles de accionistas que confiaban en su base material productiva (con cientos de instalaciones de producción de bienes tan esenciales como el gas, el agua, la electricidad, incluso telefonía y banda ancha) como garantía de solvencia y liquidez. Es decir, que Enron no era una empresa industrial, como daba a entender, sino financiera, que se dedicaba básicamente a especular. Su producto más importante fue Enron Online, un sistema que les permitía realizar transacciones en línea en todo el mundo, anticipándose a sus competidores. Y sus directivos, a lo que se dedicaban en realidad era a expoliar las ingentes ganancias de la empresa,  maquillando las cuentas a través de empresas subsidiarias.

Los villanos principales de esta historia fueron el presidente ejecutivo, Kenneth Lay, su segundo, Jeffrey Skylling y el vicepresidente financiero, Andrew Fastow. Fueron durante muchos años los putos amos del mundo. Eran inmensamente ricos, llevaban una vida llena de lujo y sin embargo, por algún motivo desconocido (probablemente porque la codicia puede llegar a ser tan adicitiva como la cocaína) se pasaron de frenada y acabaron con largas condenas de cárcel (excepto Lay, que falleció esperando la sentencia). Dejaron en la calle a 20.000 empleados, probablemente, para ellos, simples daños colaterales.

El caso Enron supuso en su momento un verdadero shock, que, además, tuvo lugar apenas unos meses después del 11-S. Nunca se pensó que una empresa como Enron pudiera quebrar a la vista de los reguladores y los poderes públicos. Pero, en realidad, faltaban menos de siete años para que pudiéramos asistir en vivo y en directo a la quiebra de Lehman Brothers y, en España, de un buen puñado de constructoras con valor en bolsa de decenas de miles de millones de euros.


En su momento, dediqué muchas horas a documentarme para tratar de entender este tipo de conductas suicidas y llegé a la conclusión de que se deben a un síndrome, el síndrome del puto amo del mundo [PAM]. La gente que lo padece se siente tan poderosa e inalcanzable, tan por encima de la gente común, tan protegida por los políticos y periodistas a los que compra (y,  a través de ellos, por los estamentos policiales, fiscales y judiciales más corruptibles), que se creen literalmente intocables y seguros, al margen de la ley; rodeados exclusivamente por corruptos y pelotas, han perdido la sensibilidad para percibir los riesgos inherentes a sus actividades delictivas. Y, por supuesto, no se dan cuenta de que han ido generando en el camino miles de enemigos con ganas de entrar a saco en sus yugulares; pero no importa, siguen sintiéndose seguros, por algo son los PAM. Hasta que su codicia y sus enemigos les ayudan a cavar sus propias tumbas.

Vienen estas reflexiones a cuento de los reciente acontecimientos relacionados con otros famosos PAM: Teddy Bautista, Rupert Murdoch, Dominique Strauss-Kahn, hoy mismo Francisco Camps, pasado mañana Silvio Berlusconi... Los putos amos del mundo son gigantes con los pies de barro porque no calibran ni entienden sus límites y excesos.

jueves, 14 de julio de 2011

¿Cuál es el signo de estos tiempos?

Cuando la gente estima una tabla de valores y no advierte ninguna amenaza contra ellos, experimenta bienestar.
Cuando estima unos valores y advierte que están amenazados, experimenta una crisis, ya como inquietud personal, ya como problema público. Y si ello afecta a todos sus valores, experimenta la amenaza total del pánico.

Pero supongamos que la gente no sienta estima por ningún valor, ni perciba ninguna amenaza. Ésta es la experiencia de la indiferencia, la cual, si parece afectar a todos los valores, se convierte en apatía.

Supongamos, en fin, que no sienta estima por ningún valor, pero que, no obstante, perciba agudamente una amenaza; ésta es la experiencia del malestar, de la ansiedad, la cual, si es suficientemente total, se convierte en una disposición mortal inespecífica.

El nuestro es un tiempo de malestar e indiferencia, pero aún no formulados de manera que permitan el trabajo de la razón y el juego de la sensibilidad.


Este es una cita del sociólogo norteamericano Charles Wright Mills en su libro La imaginación sociológica, editado hace más de 50 años (1959). ¿Por qué nos resulta tan difícil permitir que el trabajo de la razón y el  juego de la sensibilidad nos permitan analizar mejor el signo de nuestros tiempos? Bienestar, Crisis, Pánico, Indiferencia, Apatía, Malestar, Ansiedad... o quizás algo que en 1959 Mills no podía ni imaginar... yo lo siento como 'el abrazo del oso'.

miércoles, 15 de junio de 2011

Recursos para entender el 15-M

 Sí, ya sé que no se trata estrictamente de enfermería. Pero ya que parece que se está gestando un cierto 15-M dentro de la profesión de enfermería, ¿por qué no tratar de reflexionar con argumentos sobre lo que realmente suponen los movimientos "de base", aunque sea con carácter genérico?

La Fundación Alternativas (editora de mis dos últimas monografías: sobre la profesión médica la primera, sobre la profesión enfermera la segunda, baste esto como declaración de "conflicto de intereses") ha creado un sitio web marco de alternativas ("alternativas a la indignación") muy estrechamente relacionado con muchas de las demandas de los movimientos de base, con criterios intelectuales, no partidistas, y progresistas. Contiene de monento nueve documentos:
  1. Una democracia de calidad y sin corrupción
  2. Medidas para el pleno empleo
  3. Vivienda accesible y ciudad sostenible
  4. Excelencia de los servicios públicos
  5. Control del sistema financiero internacional
  6. Fiscalidad justa y suficiente
  7. Sostenibilidad: Cambio climático y energías renovables
  8. Erradicación del hambre y la pobreza
  9. Hacia un Estado realmente no confesional

miércoles, 4 de mayo de 2011

Sensibilidad, creatividad, proporcionalidad

Esta entrada ha venido motivada por un comentario que dejó ayer en el blog Rosa M. Nieto, en el que se refería a la permanente tensión entre innovación y perfeccionamiento (es un resumen bastante burdo, pero bueno...). Lo complicado del mundo, respondí, es que todo está en permanente equilibrio inestable y a menudo más afectado por la casualidad, que por la causalidad.

Hace  -¡uf!-  una pila de años, Luis Ángel Oteo y yo, en un libro titulado La imaginación política. La izquierda europea y la crisis del estado social (Fundación Asturias, 1996; descatalogado) acuñamos nuestro personal cóctel para afrontar algunos de los principales problemas relacionados con la acción social en sus más diversos niveles (sociedad, organizaciones, grupos sociales, profesiones...). La receta es (aparentemente) sencilla: mezclar a partes iguales estos tres ingredientes:

- Sensibilidad, para reconocer y aceptar la multidimensionalidad de la vida social, su estado permanente de tensión y de búsqueda incesante de nuevos equilibrios. Para huir de los corporativismos y reconocer que son los ciudadanos (y no las organizaciones o profesiones) quienes deben estar en el centro de las propuestas y que sólo se legitiman éstas hasta el punto en que den respuesta a sus necesidades y problemas.

- Creatividad, para asumir que la materia prima de la política son las ideas, no las estadísticas y que, a partir del uso honesto y sin complejos de la inteligencia y de la sensibilidad, es posible huir tanto de las viejas ideas anquilosadas, como de la importación acrítica y poco inteligente de ideas positivistas, utilitarias y pesimistas que sólo pueden aportar al sistema un mayor nivel de incertidumbre e inseguridad.

- Proporcionalidad, para no perder el sentido de la realidad y para poder entender que, a menudo, el empecinamiento en injertar pequeñas medidas disgregadas de la lógica común, que apenas aportan valor al sistema, se traduce en un deterioro aún mayor de la situación existente, mientras que al mismo tiempo enfrentamos los grandes problemas y retos con poco más que discursos y palabras cargadas de buenas intenciones.

Sensibilidad, creatividad y proporcionalidad, en definitiva, para encontrar los puntos de equilibrio que optimicen las funciones sociales y personales para dar respuesta a las dicotomías fundamentales a las que debe hacer frente la sociedad: público-privado, eficiencia-equidad, mercado-regulación, competencia-cooperación, pragmatismo-humanismo...

Hoy añadiría, en el ámbito de la enfermería, enfoque biomédico-enfoque holístico. ¿Dónde estaría/n el/los punto/s de equilibrio?

jueves, 10 de marzo de 2011

Garantizar la calidad del SNS en tiempos de crisis (por J.R.Repullo)


Mi buen amigo José Ramón Repullo nos regala uno de los análisis más lúcidos que, en estos tiempos tan desequilibrantes, podemos disfrutar para aprender: Garantizar la calidad del Sistema Nacional de Salud en tiempos de crisis: sólo si nos comprometemos todos.

Su análisis parte de tres premisas:

  • Ser conscientes de que habitamos en la parte ‘‘plana’’ de la curva de rendimientos marginales (más dinero no da más salud; menos dinero, tampoco la empeora).
  • La sanidad pública ha crecido a un ritmo muy superior al de la economía.
  • En la atención sanitaria ‘‘normal’’ que estamos prestando en el SNS existe un amplio margen de mejora de resultados sin merma de la calidad
 Y propone cinco vías de avance:
  • Es posible aumentar la productividad de centros, servicios y profesionales.
  • Se puede mejorar la movilidad intrasectorial de los recursos para mejorar la efectividad, la eficiencia y la calidad.
  • Hay que avanzar en una redistribución de cargas y ajuste correspondiente de recursos...
  • Priorizar lo que añade más valor...
  • Y fomentar y desplegar motivaciones intrínsecas y trascendentes.
El tercero es, probablemente, el que más podría interesarnos en este blog.

Pero lo que yo más destacaría, con una visión más amplia de la realidad, es su reflexión final:

Atravesar esta década de desierto requiere mucho reformismo (acometer cambios en la forma de trabajar), pero también buenas dosis de regeneracionismo de la vida pública (...) Porque la década de crecimiento económico ha alentado no sólo una crisis económica, sino también una crisis moral, que ha erosionado los valores de solidaridad y de reciprocidad, y nos ha vuelto más tolerantes con la indecencia.

No vale decir que hay que hacer cambios estructurales y ajustes en todos los lugares menos en nuestra propia esquina (...) Necesitamos un vigoroso movimiento social, ciudadano y profesional. El pesimismo es el arma de los que quieren hacer negocios con la salud, pero el optimismo autocomplaciente y acrítico ha abonado, precisamente, la situación actual; por otra parte, nada más ajeno al mundo de la calidad que la incapacidad de hacer un escrutinio realista y autocrítico de nuestros problemas y condicionantes. Necesitamos, pues, alejarnos de estos dos modelos deletéreos de comprensión de la realidad; en otros términos, abandonar el ‘‘confortable estado del malestar’’ (todos felices echando las culpas a otro de nuestros males) e invertir la senda actual de desorden, abandono y entropía.