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miércoles, 4 de mayo de 2011

Sensibilidad, creatividad, proporcionalidad

Esta entrada ha venido motivada por un comentario que dejó ayer en el blog Rosa M. Nieto, en el que se refería a la permanente tensión entre innovación y perfeccionamiento (es un resumen bastante burdo, pero bueno...). Lo complicado del mundo, respondí, es que todo está en permanente equilibrio inestable y a menudo más afectado por la casualidad, que por la causalidad.

Hace  -¡uf!-  una pila de años, Luis Ángel Oteo y yo, en un libro titulado La imaginación política. La izquierda europea y la crisis del estado social (Fundación Asturias, 1996; descatalogado) acuñamos nuestro personal cóctel para afrontar algunos de los principales problemas relacionados con la acción social en sus más diversos niveles (sociedad, organizaciones, grupos sociales, profesiones...). La receta es (aparentemente) sencilla: mezclar a partes iguales estos tres ingredientes:

- Sensibilidad, para reconocer y aceptar la multidimensionalidad de la vida social, su estado permanente de tensión y de búsqueda incesante de nuevos equilibrios. Para huir de los corporativismos y reconocer que son los ciudadanos (y no las organizaciones o profesiones) quienes deben estar en el centro de las propuestas y que sólo se legitiman éstas hasta el punto en que den respuesta a sus necesidades y problemas.

- Creatividad, para asumir que la materia prima de la política son las ideas, no las estadísticas y que, a partir del uso honesto y sin complejos de la inteligencia y de la sensibilidad, es posible huir tanto de las viejas ideas anquilosadas, como de la importación acrítica y poco inteligente de ideas positivistas, utilitarias y pesimistas que sólo pueden aportar al sistema un mayor nivel de incertidumbre e inseguridad.

- Proporcionalidad, para no perder el sentido de la realidad y para poder entender que, a menudo, el empecinamiento en injertar pequeñas medidas disgregadas de la lógica común, que apenas aportan valor al sistema, se traduce en un deterioro aún mayor de la situación existente, mientras que al mismo tiempo enfrentamos los grandes problemas y retos con poco más que discursos y palabras cargadas de buenas intenciones.

Sensibilidad, creatividad y proporcionalidad, en definitiva, para encontrar los puntos de equilibrio que optimicen las funciones sociales y personales para dar respuesta a las dicotomías fundamentales a las que debe hacer frente la sociedad: público-privado, eficiencia-equidad, mercado-regulación, competencia-cooperación, pragmatismo-humanismo...

Hoy añadiría, en el ámbito de la enfermería, enfoque biomédico-enfoque holístico. ¿Dónde estaría/n el/los punto/s de equilibrio?

jueves, 28 de abril de 2011

¿De dónde vienen las buenas ideas?








Aprovechando que hoy se inaugura en Madrid el XVII Congreso Nacional de Hospitales, bajo el lema "Innovar en  gestión sanitaria", os ofrezco una conferencia ilustrada de la peculiar manera que tienen nuestros amigos de la Royal Society for the encouragement of Arts [RSA], dictada por Steven Johnson (el mismo autor del libro Sistemas Emergentes que comentábamos ayer), titulada Where good ideas come from ("de donde vienen las buenas ideas"). Son 10 minutos de análisis de los procesos implicados en la innovación. No hace falta fijarse mucho para darse cuenta de que dice mucho acerca de lo que todos nosotros hacemos en la web 2.0, ayudándonos a generar buenas ideas a partir de lo que  muchas veces no son sino intuiciones medio compartidas.

Lo tenéis en inglés pinchando aquí y en español, pinchando aquí. Buen provecho.

miércoles, 16 de marzo de 2011

'Innovaciones disruptivas' y profesiones


En España, los médicos emplean unos 11 años de media en formarse; las enfermeras, entre cuatro y seis. Aunque la inversión formativa está directamente relacionada (ciertamente con distorsiones) con el valor de mercado de cada ocupación, el sistema profesional clásico ha venido estando basado en aspectos regulatorios competenciales, los market shelter o refugios del mercado de Freidson: compre un médico (o una enfermera o un abogado o un ingeniero) y comprará usted en realidad un kit completo de competencias y funciones reconocidas y salvaguardadas por los reguladores.

En este paquete encontrará usted competencias que realmente sólo son aplicables con garantías si uno ha tenido una formación médica de 11 años; pero también habrá muchas competencias exclusivas que, para ser sinceros, no requieren once, ni nueve, ni cinco, ni tres años: realizar con verdadera destreza el 95% de las punciones lumbares, cistoscopias, biopsias prostáticas o anestesias generales no es algo tan complicado como para requerir un background profesional tan extensivo. Tampoco interpretar un ECG en población sana, diagnosticar y tratar dolencias leves o realizar el seguimiento y ajustar las dosis de un tratamiento con anticoagulantes o insulina. También existen, por cierto, muchas competencias enfermeras exclusivas que tampoco requieren, ni por asomo, una formación básica de cuatro años, como lavar a un paciente, inyectar un fármaco, medir una tensión arterial,  tomar muestras de laboratorio o inyectar un contraste radiológico.

La delegación de tareas y procedimientos hacia personal con menor, pero suficiente, cualificación es una de las más importantes innovaciones disruptivas (definición RAE) que los servicios sanitarios están importando del mundo empresarial; se trata de “productos o servicios más baratos, más sencillos y más convenientes para cubrir las necesidades de clientes con exigencias menores” (Christensen, Bohmer y Kenagy, 2000). La idea, aplicada al marco profesional, es la siguiente:

Aplicar proactivamente este esquema requiere una alta planificación que partiría de una revisión de los actuales mapas competenciales y una redistribución entre todos los niveles, empezando prácticamente de cero y utilizando criterios racionales como seguridad, efricacia, eficiencia o calidad.

El problema principal es que las profesiones tienden a crear esos market shelters y que estos 'nichos' o refugios les mantienen a salvo, al menos durante algún tiempo, de las fuerzas del mercado. Cuando, además, nos situamos en el sector público, los incentivos de que disponen los  mercados para modificar actitudes y conductas  -básicamente, el "o cambias o te cambio (por otro)"-  desaparecen y sólo queda la laxitud de los reguladores y el cortoplacismo de las políticas públicas, es decir, nada. Y ello no significa que las necesidades de los sistemas públicos sean diferentes de las que experimenta el mercado; simplemente, prima la racionalidad burocrática que refuerza esos refugios donde cada cual se instala en el "confortable estado del malestar" al que se refería J.R. Repullo en la entrada del otro día.

Y ello nos lleva a un último punto: cuando, en un entorno ideológicamente predispuesto a favor de la desregulación, se considera que no se pueden incentivar en los agentes de los sistemas públicos actitudes y conductas "de mercado", se opta directamente por introducir el mercado en los sistemas públicos. Como está pasando ahora, era sólo cuestión de tiempo...