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jueves, 8 de marzo de 2012

Asistencia centrada en el paciente y evalución de resultados

Resulta ya hasta aburrido referirse a los problemas aparentemente insalvables relacionados con la evaluación de los resultados de la asistencia sanitaria. Grave problema, porque sin un adecuado sistema de evaluación de resultados bien conceptualizado, parametrizado y operativizado, cualquier sistema de incentivos diseñado para separar el trigo de la paja resultará inedecuado o incluso en muchas ocasiones   -más de las que creemos-  gravemente dañino. El problema básico de fondo es que resulta muy difícil medir los resultados que realmente importan, esos términos elusivos como salud, calidad de vida, calidad asistencial, eficacia, eficiencia, etc., y además estos resultados, los que realmente importan, los que verdaderamente dan sentido al trabajo de las organizaciones sanitarias, son fruto de numerosas aportaciones individuales y de equipos que no pueden realmente ser cuantificadas de manera individualizada, con lo cual es difícil asignar incentivos en base individual o de equipo.

De ahí que por lo general se opte por acudir a indicadores intermedios o indirectos (proxy) cuya relación con los resultados en salud en un plano individual es incierta e indirecta. El abandono del tabaquismo o el porcentaje de niños vacunados es un objetivo medible en cualquier población, como lo son el mantenimiento de la presión arterial, del nivel de LDL, de HbA1c o de PCR en límites estadísticamente normales, pero se trata de indicadores indirectos e imperfectos; en realidad, sería mucho más importante cuantificar sus efectos, pero estos, que son bien conocidos sobre base poblacional, son absolutamente inciertos en el caso de cada paciente.

Y cuando, finalmente, se trata del paciente hoy en día de moda (me refiero a moda estadística), el paciente pluripatológico, pluriatendido, pluridiagnosticado y pluritratado, entonces todo resulta mucho más difícil.

Un reciente artículo publicado en el NEJM (Goal-Oriented Patient Care — An Alternative Health
Outcomes Paradigm
, descargable aquí) trata precisamente sobre este problema y propone un 'nuevo paradigma' (humildes, no son desde luego) en el establecimiento de sistemas de evaluación orientados hacia objetivos. La verdad es que la terminología no es muy moderna (todos los sistemas de evalución son goal-oriented), pero los contenidos son interesantes.

Últimamente no se habla sino de atención de salud y organizaciones sanitarias 'centradas en el paciente' (patient-centeredness), es el mantra de moda (ahora sí que hablo de moda-moda). Sin embargo, mientras que los modelos organizativos de los sistemas de salud han tratado de ir adaptándose a esta filosofía, los sistemas de evaluación siguen entronizando indicadores que obvian la experiencia del paciente (si exceptuamos los indicadores de 'satisfacción autoexpresada', normalmente despreciados por su inconsistencia en cuanto se refiere a los aspectos 'técnicos' de la asistencia sanitaria; otro día escribiré sobre esta variante de la soberbia clínica).

Reuben y Tinetti aportan una mirada fresca, proponiendo establecer objetivos (e indicadores) que tengan que ver con la experiencia del paciente e incorporen sus vivencias, valores y preferencias. En esta tabla comparan el modelo 'tradicional' con el que ellos sugieren en cuatro dimensiones de la asistencia, (supervivencia, biomarcadores (parámetros clínicos), signos-síntomas y estatus funcional):


Este modelo descansa en un proceso de negociación de objetivos o metas, exigente pero también realista. En este proceso predomina lo que el paciente considere en cada momento como su estado de salud deseado óptimo dentro de sus condiciones, y por tanto habrá que renunciar a unos objetivos en beneficio de otros. El ejemplo más extremo es el de preferir vivir unas semanas o meses con buena calidad de vida a vivir unos meses o años con un mayor deterioro: cuestión de valores, preferencias y entorno social.

Las ventajas que pretende aportar este 'nuevo paradigma' son cuatro:
  • En primer lugar, enmarca la negociación en términos de estados de salud personalmente deseados, en lugar de universalmente preestablecidos.
  • En segundo lugar, simplifica los procesos de toma de decisiones con respecto a los pacientes pluripatológicos, centrándose en resultados que pueden alinear los objetivos de diferentes tratamientos (de diferentes especialistas) hacia metas comunes.
  • En tercer lugar, dado que permite al paciente articular sus preferencias, resultan mucho más fáciles las negociaciones sobre las exigencias que la consecución de esas preferencias tienen sobre otras circunstancias del tratamiento.
  • Y finalmente, si se acuerdan los objetivos de salud es más fácil que profesionales y pacientes lleguen a acuerdos sobre los pasos o metas intermedias que hay que esteblecer, lo cual permite una buena monitorización permanente del proceso  y una mejor adherencia del paciente con respecto a las metas a corto plazo (que conducen a los objetivos a medio plazo).

martes, 15 de noviembre de 2011

La cizaña

Prometí hace un más o menos un mes que no iba a entrar más al trapo de los 'artículos de opinión' en los que algunos médicos, víctimas de su trastorno obsesivo compulsivo, se despachan a gusto descalificando urbi et orbi y sin matices a la enfermería y a las enfermeras. Lo hice a raíz de un artículo del conocido médico Juan Gérvas, quien ayer se lamentaba de que a las enfermeras no se las puede tocar dadas "sus escandalosas reacciones ante el menor comentario y/o crítica". Vale, estoy de acuerdo en que a veces se generan reacciones escandalosas, pero esas quedan dentro de los foros enfermeros y no creo que Gérvas dedique su precioso tiempo a husmear en ellas, y las que se han publicado han sido muy respetuosas, más agraviadas (por las generalizaciones, siempre injustas) que agresivas, más dolidas que furiosas.

Y, como lo prometí, lo hago... hasta cierto punto. La libertad de expresión ampara este tipo de discursos, cuya recompensa sólo puede alojarse en un narcisismo hipertrofiado, ya que nada aportan a un debate constructivo y sólo sirven para meter cizaña en los servicios de salud y zancadillear los esfuerzos por generar equipos profesionales capaces de recibir las valiosas aportaciones de cada componente.

Pero lo que no se puede hacer es falsear la realidad con afirmaciones tan rotundas como infundadas. Dice Gérvas que "en España, ahora tenemos enfermeras con consultas de enfermería en Atención Primaria, muy centradas en la hipertensión, pero tales consultas no se asocian a mejores resultados en el seguimiento de los pacientes con hipertensión. Seguimos como siempre, con más recursos, pero sin mejorar". No sé de dónde habrá sacado esta rotunda conclusión general ("tales consultas  -¿todas?-  no se asocian"), en qué materiales (que debería aportar, en su caso), naturalmente basados en pruebas como a él le gusta y que yo no he conseguido encontrar, fundamenta tan rotunda afirmación.

Por el contrario, prácticamente toda la evidencia científica avala la utilidad, calidad, eficacia e incluso coste efectividad del seguimiento primario de la hipertensión por parte de enfermeras, comparativamente con el estándar con el que confrontarlo: el seguimiento realizado por los médicos.

Al menos desde 1976, tras un artículo en la prestigiosa revista Archives of Internal Medicine, se suceden un número respetable de valoraciones positivas o muy positivas sobre el tópico. Seleccionando sólo algunos ejemplos, las encontramos en Journal of the Royal College of General Practitioners (1982), Journal of Transplant Coordination (1996), International Journal of Epidemiology (2001), American Journal of Hypertension (2005), Diabetes Care (2005), Blood Pressure (2010), el British Medical Journal, a través de una revisión sistemática y meta-análisis (2010) o American Journal of Managed Care este mismo año, 2011. Ello, en muy diversos ámbitos asistenciales y países (por ejemplo, la reputada Clínica Mayo implantó la figura de la hypertension nurse-therapist a finales de los ochenta y consolidó un equipo estable compuesto exclusivamente por enfermeras).

Cierto que algún artículo aislado (como éste en Family Practice, 2005) no lo corrobora, porque no encuentra relaciones estadísticamente representativas, pero pueden considerarse excepciones que confirman la regla.

Téngase en cuenta que, en aras de una neutralidad unilateral, no he citado ninguno de las decenas de artículos que sobre este tópico se publican en revistas enfermeras y que todos los artículos citados han sido editados en revistas médicas, la mayor parte de ellas editadas por sociedades médicas.

En fin... El debate debe realizarse desde bases serias y sin apriorismos, quitándonos las gafas de médico o de enfermera cuando se va a analizar, describir, analizar y, finalmente, opinar.

No sé muy bien porqué, pero cuando veo la forma que este hombre parece tener de mirar su entorno y a sus colegas, las enfermeras, me vienen a la memoria un epigrama de Nicolás Fernández de Moratín que recitábamos, divertidos, de niños (por lo menos los de mi quinta):

Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
«Arte diabólica es»,
dijo, torciendo el mostacho,
«que, para hablar en gabacho,
un fidalgo en Portugal
llega a viejo y lo habla mal...
¡y aquí lo parla un muchacho!»