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lunes, 7 de mayo de 2012

Taxonomía del tijeretazo

El siempre interesante Rudolf Klein (en compañía esta vez de Jo Maybin) ha publicado un informe (editado por The King´s Fund, un centro de pensamiento sanitario independiente citado con frecuencia en este blog) titulado Thinking about rationing (podéis ver un resumen y descargarlo gratuitamente aquí) en el cual nos ofrece una interesante taxonomía de los recortes sanitarios en el National Health Service inglés:


Revisión contextualizada (todas las noticias son de la última semana):
Claro que a  Klein y Maybin no se les ocurre incluir un séptimo supuesto, supongo que porque ni los conservadores del Reino Unido se atreven a aplicar lo que aquí se pretende... al menos de momento:

viernes, 24 de febrero de 2012

Sobre la 'codicia sanitaria' de los españoles y el copago

Es común atribuir, como uno de los factores fundamentales de in-sostenibilidad de nuestros servicios de salud, a la sobreutilización de los servicios sanitarios de proximidad, sobre todo las consultas de atención primaria. Aunque es cierto que los indicadores se están relajando, es claro que la frecuentación de dichos servicios en nuestro país es de las más altas dentro de la OCDE. Por ejemplo, el número medio de consultas médicas anuales por persona, que en 2003 era de 9.5, en 2006 se redujo a 8.1 y en 2009  -último año disponible-, a 7.5. Aun así, seguía siendo la quinta más alta entre los 34 países de la OCDE, sólo después de las 13.0 de Corea del Sur, las 12.0 de Hungría, las 11.2 de la República Checa y las 8.2 de Alemania, siempre según datos de la OCDE.

Lo normal es que se atribuyan estas tasas tan altas a la 'codicia asistencial' de los ciudadanos. Según esta tesis cuasi-oficial, los españoles seríamos unos viciosos sanitarios, incapaces de resistirnos ante una buena sala de espera atiborrada en el centro de salud. Pero las cosas no son tan simples. Ya he dicho en alguna ocasión que una de las explicaciones básicas a esta sobreutilización es el modelo asistencial de los cuidados de larga duración, especialmente  -aunque no sólo-  a ancianos: en España predomina el modelo informal, la asistencia en la comunidad, básicamente las familias, mientras que en muchos otros países predomina el modelo residencial, la asistencia en centros sociosanitarios. Fijaos en este gráfico (clicar para ampliar):


¿Qué países dije que sobrepasaban a España en la intensidad de utilización de las consultas médicas? Corea, Hungría, República Checa y Alemania. Pues bien, de entre los 24 países del gráfico, ordenados según su gasto en cuidados de media y larga estancia, España, ocupa el puesto 19º; Corea, el 21º; Hungría, el 22º; y la República Checa, el último, 24º; sólo Alemania ocupa un puesto menos de cola, pero aun así se trata  del 14º de 24. Es evidente que existe una correlación negativa entre gasto en cuidados asistenciales de media y larga estancia y utilización de los servicios sanitarios de proximidad.

Por si faltara algo, este artículo en el Journal of Health Services Research & Policy evidencia también la relación entre tipo de atención a la población anciana y utilización de servicios de proximidad, tanto de atención primaria como de urgencias hospitalarias, pero también de admisiones hospitalarias. Los ancianos mayores de 75 años cuidados en establecimientos residenciales utilizan mucho menos estos recursos que los cuidados en la comunidad.

España ha optado por un modelo de atención en la comunidad  -básicamente las familias-  a la población dependiente y ello conlleva necesariamente una mayor utilización de los servicios sanitarios, aunque nuestra crónica indigencia estadística haga muy difícil cuantificar exactamente qué proporción del fenómeno se explica por esta variable. Pero queda meridianamente claro que el problema no reside básicamente en la 'codicia asistencial' de los españoles y que las propuestas de establecer copagos como medida para moderar el consumo de recursos asistenciales parte, voluntaria o involuntariamente, de premisas erróneas.

martes, 12 de julio de 2011

Copagos en la sanidad

(...) Gunn me habló de un análisis que había realizado recientemente para una gran empresa de tecnologías de la información de la Costa Este. Cubría la asistencia sanitaria de 7.000 empleados y sus familias, con un coste anual de 40 millones de dólares. La empresa había incrementado considerablemente los copagos de los empleados, esperando darles una buena razón para pensárselo dos veces antes de realizar visitas médicas y solicitar pruebas y procedimientos innecesarios (...) Por supuesto, casi todos los apartados más caros de la asistencia sanitaria descendieron: consultas médicas, urgencias y visitas hospitalarias, medicamentos... Pero los costes sanitarios de los empleados siguieron creciendo a un ritmo de casi el diez por ciento anual. La compañía estaba desconcertada.
El equipo de Gunn echó una ojeada a los puntos calientes. Las desviaciones de costes correspondían predominantemente a retirados prematuros por enfermedad. La mayoría sufría problemas crónicos  -en particular, enfermedades coronarias, asma y enfermedades mentales complejas-. Uno de ellos, en concreto, presentaba un fuerte empeoramiento en su dolencia cardíaca y diabetes, además de sumar facturas médicas por encima de los 80.000 dólares en los últimos dos años. El hombre, que tenía que afrontar copagos cada vez más caros con unos ingresos que no crecían, había recortado a la mitad las dosis de su medicación para el colesterol y la diabetes. Redujo el número de visitas al médico y evitó por todos los medios tener que acudir a urgencias, hasta que un ataque cardíaco requirió cirugía urgente y lo dejó incapacitado con un fallo cardíaco crónico.
[La política de] aumento en los copagos había fallado. Mientras que los costes médicos se habían contenido para la gran mayoría de los empleados, los de los retirados prematuros por enfermedad habían crecido un 17%. Los pacientes más enfermos se hiceron mucho más caros porque demoraron la asistencia y la prevención hasta que fue demasiado tarde.
Este texto es de uno de nuestros ensayistas sanitarios de cabecera, Atul Gawande  -del que volveré a hablar pronto con respecto a otro tema muy relacionado-, reflexionando sobre la manera perversa en que pueden acabar comportándose los copagos (y en general los incentivos) en la sanidad. Aquí tenéis el extenso artículo de The New Yorker, lamentablemente sólo en inglés.

Este ejemplo real se desarrolla en los Estados Unidos, donde las grandes empresas tienen la obligación de costear la mayor parte de los seguros sanitarios de sus empleados. Pero bastaría con cambiar este modelo por cualquier otro para asimilarlo a nuestra realidad, con la diferencia de que en los EUA las aseguradoras revisan anualmente las pólizas para compensar los incrementos en los costes sanitarios concretos incurridos por los beneficiarios del seguro contratado por la empresa (miles, decenas de miles o cientos de miles de personas). En realidad, lo que tratarían de hacer en Europa los copagos es más o menos lo mismo: incrementar los pagos out-of-pocket ("de bolsillo", como se llama allí a los copagos) para compensar financieramente los incrementos en los costes asistenciales y/o incentivar un menor uso, lo que se supone que rebajaría los costes (en teoría al menos, como hemos visto).

Cualquier efecto financiero positivo de los copagos requiere que éstos sean lo suficientemente altos para poder tener efectos disuasorios reales. En los países más desarrollados con población fuertemente envejecida y alta esperanza de vida (y España está en el grupo de cabezera en ambos parámetros), con un segmento de población mayor con varias patologías o condiciones crónicas que precisan tratamiento continuo (un 16% de los hombres y un 26% de las mujeres mayores de 75 años valoran su estado de salud como malo o muy malo), un porcentaje muy pequeño de los ciudadanos suponen un porcentaje muy alto de los costes sanitarios. Aunque no hay muchos datos, por ejemplo, en un grupo de centros de salud analizados la población >75 años supuso el 21% de las visitas totales y el 63% del gasto farmacéutico total.

De manera que el sentido común dice que habría que actuar sobre estos sectores de población que más gasto acumulan. Lo malo es que normalmente coinciden con los sectores de población socialmente más vulnerables y con menor capacidad de gasto (ingresos).

Pero hay otra cosa muy específica con respecto a España. En su momento (Ley de Dependencia, 2006) y haciendo de la necesidad virtud (ya que nunca habíamos gastado un carajo en atender a nuestros mayores), decidimos que nuestro modelo de Cuidados de Larga Estancia (Long-Term Care, LTC) iba a estar basado en los cuidados informales, es decir las familias con ayuda de personal subcualificado de origen inmigrante por lo general, en contraposición con otros países desarrollados que han preferido un modelo más "institucionalizado" que "informal". Ello significa que en España hay un  porcentaje mucho mayor de personas ancianas que son cuidadas en nuestros hogares, que en centros sociosanitarios, como en tantos otros países industrializados. Y, además, nuestro gasto en LTC es minúsculo comparado con el de otros países de la OCDE, como puede apreciarse en este gráfico:


Por otro lado, ello se traduce, como ya hemos dicho anteriormente, en una mayor intensidad de uso de los servicios sanitarios de proximidad (atención primaria y urgencias), ya que los pacientes institucionalizados tienden a ser tratados ordinariamente dentro de sus centros sociosanitarios, minimizando su utilización de los servicios públicos de salud, a diferencia de los mayores cuidados en sus hogares, quienes tienen que acudir, ellos mismos o sus familiares, varias veces al mes a estos servicios. A ver: no creo que se trate tanto, como con frecuencia se dice, de que a los españoles nos encante ir a los centros de salud ("al médico"), sino de que en nuestro país existe un porcentaje mucho mayor de seniors que, en vez de estar "institucionalizados" (internados en residencias o centros sociosanitarios), viven en sus comunidades y utilizan sus servicios sanitarios de proximidad varias veces al mes, aunque sólo sea para ir a buscar sus recetas, y muchos de ellos tienen que ser ingresados recurrentemente vía urgencias porque su entorno no es propicio para que se cuiden y sigan sus medicaciones y estilos de vida recomendables.

Si hubiera que introducir los copagos, ¿lo haríamos realmente sobre los que más gasto sanitario producen en realidad, lo único que tendría sentido? (y, si no es así, pues dejémonos de amagos).