miércoles, 16 de marzo de 2011
'Innovaciones disruptivas' y profesiones
En España, los médicos emplean unos 11 años de media en formarse; las enfermeras, entre cuatro y seis. Aunque la inversión formativa está directamente relacionada (ciertamente con distorsiones) con el valor de mercado de cada ocupación, el sistema profesional clásico ha venido estando basado en aspectos regulatorios competenciales, los market shelter o refugios del mercado de Freidson: compre un médico (o una enfermera o un abogado o un ingeniero) y comprará usted en realidad un kit completo de competencias y funciones reconocidas y salvaguardadas por los reguladores.
En este paquete encontrará usted competencias que realmente sólo son aplicables con garantías si uno ha tenido una formación médica de 11 años; pero también habrá muchas competencias exclusivas que, para ser sinceros, no requieren once, ni nueve, ni cinco, ni tres años: realizar con verdadera destreza el 95% de las punciones lumbares, cistoscopias, biopsias prostáticas o anestesias generales no es algo tan complicado como para requerir un background profesional tan extensivo. Tampoco interpretar un ECG en población sana, diagnosticar y tratar dolencias leves o realizar el seguimiento y ajustar las dosis de un tratamiento con anticoagulantes o insulina. También existen, por cierto, muchas competencias enfermeras exclusivas que tampoco requieren, ni por asomo, una formación básica de cuatro años, como lavar a un paciente, inyectar un fármaco, medir una tensión arterial, tomar muestras de laboratorio o inyectar un contraste radiológico.
La delegación de tareas y procedimientos hacia personal con menor, pero suficiente, cualificación es una de las más importantes innovaciones disruptivas (definición RAE) que los servicios sanitarios están importando del mundo empresarial; se trata de “productos o servicios más baratos, más sencillos y más convenientes para cubrir las necesidades de clientes con exigencias menores” (Christensen, Bohmer y Kenagy, 2000). La idea, aplicada al marco profesional, es la siguiente:
Aplicar proactivamente este esquema requiere una alta planificación que partiría de una revisión de los actuales mapas competenciales y una redistribución entre todos los niveles, empezando prácticamente de cero y utilizando criterios racionales como seguridad, efricacia, eficiencia o calidad.
El problema principal es que las profesiones tienden a crear esos market shelters y que estos 'nichos' o refugios les mantienen a salvo, al menos durante algún tiempo, de las fuerzas del mercado. Cuando, además, nos situamos en el sector público, los incentivos de que disponen los mercados para modificar actitudes y conductas -básicamente, el "o cambias o te cambio (por otro)"- desaparecen y sólo queda la laxitud de los reguladores y el cortoplacismo de las políticas públicas, es decir, nada. Y ello no significa que las necesidades de los sistemas públicos sean diferentes de las que experimenta el mercado; simplemente, prima la racionalidad burocrática que refuerza esos refugios donde cada cual se instala en el "confortable estado del malestar" al que se refería J.R. Repullo en la entrada del otro día.
Y ello nos lleva a un último punto: cuando, en un entorno ideológicamente predispuesto a favor de la desregulación, se considera que no se pueden incentivar en los agentes de los sistemas públicos actitudes y conductas "de mercado", se opta directamente por introducir el mercado en los sistemas públicos. Como está pasando ahora, era sólo cuestión de tiempo...
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Creo que es importante anotar una cuestión, y es la siguiente:
ResponderEliminarEn ese salto que, evidentemente, se debe dar en ese trapecio disruptivo que nos catapulte a otros espacios competenciales, debe definirse la relación contractual y retributiva a cambio de la cual los profesionales abandonen de motu propio esos nichos que sea como sea, y llegados a un estatus propiciado por la garantía que supuestamente supone un puesto de trabajo de continuo para cualquier Administración Pública ("tu hijo, un sueldo del Estado, que es lo más seguro..."), ofrezcan esa supuesta "tranquilidad" y acomodamiento profesional asimilado a ese otro en el que ahora la desidia y la falta de horizonte hace presas y en ese dinámica en la que nos hemos estancado, a pesar de, estoy convencido, la existencia de muchas ganas de lo contrario...
El aventurarnos, por la via de la voluntariedad a ese, por otro lado necesario, nuevo marco, debe venir de la mano de un incentivo y definición clara de la contraprestación. No olvidemos, que aparte vocaciones y lirismos, ésto es un trabajo que para nada está bien remunerado, por otro lado, y que cualquier intento de cambio no va a librarse para nada y siendo realistas, de la pregunta del millón: ¿A cambio de qué?.
Por muy prosaica que parezca la reflexión, ésta no es una cuestión baladí. A no ser que todo el planteamiento sea algo que progresivamente se quiera o se pueda introducir o implantar a las nuevas generaciones y promociones, perfilando desde la misma formación de grado, o exigiendo una especialización concreta y linea de formación enfocada, todos esos nuevos espacios y valiéndose de ésto para ocuparlos por todo un relevo generacional... Está claro que estructuras y afianzamientos tanto tiempo imaginados como propios, y vista la dinámica de entrada a los puestos laborales (Bolsas, OPE´s, sustituciones -cada vez menos-)al uso, hacen complicada esa revolución necesaria y que, a la vez, se empieza a ensayar. Yo me atrevería a decir que sin retorno posible en esa introducción del mercado en los sistemas públicos de la que somos todos espectadores y que tanto trabajo nos cuesta digerir...
Ésto se vende bien, se evitan las interpretaciones y actitudes de agravio, se hace transparente y se explica como medida y planteamiento evolutivo y no solamente gestor, o volveremos a sentir como ajeno algo a lo que, a la vez, irremediablemente vamos abocados. Ejemplo claro la famosa gestión clínica y esa supuesta adhesión a objetivos organizacionales incentivados... Un saludo.
Hola, Antonio. ¡Ojalá estuviéramos ya en un momento como para hacer ofertas concretas a los profesionales!
ResponderEliminarYo creo que la primera necesidad sería definir un marco conceptual y metodológico, por parte de un comité de sabios, dentro de un consenso político mínimo. Una suerte de libro blanco que debería ser refrendado por el CISNS y, mejor aún, por el parlamento. O sea, ni de coña.
Después, crear una mesa cooperativa con las profesiones sanitarias. En unos casos (por ejemplo los médicos) sería más sencillo, al menos desde un punto de vista práctico, porque cuentan con órganos institucionales (Foro de la profesión). En otros (enfermeras, farmacéuticos) sería más difícil dada la absoluta falta de representatividad de los dispersos -y hasta enfrentados- órganos colegiales o sindicales. Aquí debería elaborarse una hoja de ruta. Pero, de nuevo, ni de coña.
Sólo después popdría avanzarse sobre ámbitos concretos -¡la AP, por dios!- en los cuales se abordaran dentro de los diferentes servicios de salud programas de actuación concretos.
En fin, nunca se va a hacer algo así, evidentemente, pero nuestra obligación como sociedad civil es decirlo una y otra y otra y otra vez... Quizás a quienes no estamos implicados laboral o partidistamente las cosas nos parecen mucho más obvias y fáciles de plantear.
Un abrazo y gracias por tu comentario.
Otra entrada "en el clavo"; efectivamente hay mucho 'salvador de la sanidad pública' cuya única propuesta es "que me quede como estoy".
ResponderEliminarLa última afirmación es, por cierta, demoledora: Si el sistema no va 'al mercado' meterán el mercado en el sistema.
Cada vez estoy más convencido de que lo que venía diciendo en mi blog ya se dice, y mejor, en otros...
Gracias, Xosé Manuel, por tu comentario. Soy un recién llegado a esto de la sanidad 2.0, pero sólo como aportador, no como lector interesado, en eso llevo desde siempre. Y por eso he aprendido de las entradas de muchos de los buenos blogueros. Por eso, también, gracias. Un saludo.
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