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martes, 22 de mayo de 2012

Las notas de Barcelona: (1) Los retos del presente

El pasado 18 de mayo pronuncié la conferencia de clausura
del Congreso de la Asociación de Enfermería Comunitaria,
en Barcelona. Reproduzco aquí las notas que me sirvieron para
amenizar durante 70 largos minutos a la sufriente audiencia
(para que no me odien también los lectores del blog las he dividido
en cuatro apartados. Esta es la primera entrega).

Los retos del presente


Vivimos en una época conflictiva y amenazante, para mucha gente dolorosa, en la que la ingeniería social del capitalismo especulativo está forzando un cambio antidemocrático del modelo de organización social. Es evidente que ello supone una amenaza real para instituciones sociales tan importantes como los servicios sanitarios públicos, en buena parte porque se han convertido en una potente máquina de multiplicación del gasto y de acumulación de déficit.

Aunque hace ya muchos años que saltaron las alarmas acerca del explosivo cóctel que empezaba a suponer una creciente longevidad de las poblaciones con una generalización de estilos de vida irresponsables, propios de sociedades opulentas y deshumanizadas, nadie con influencia quiso formular lo que el sociólogo austríaco Alfred Schütz definía como las “preguntas de la certeza”.  Era más práctico, siguiendo con el símil de Schütz, recurrir al pensamiento de libro de cocina”: “el libro de cocina tiene recetas, listas de ingredientes, fórmulas para mezclar éstos e instrucciones para ponerlas en  práctica. Esto es todo lo que necesitamos para hacer una tarta de manzana y todo lo que necesitamos para resolver las cuestiones rudimentarias de la vida diaria”.

Si estás dentro de un sistema en el que lo más complicado es ir resolviendo los problemas que se plantean a diario, es muy difícil saber cuándo sigues tratando de “resolver las cuestiones rudimentarias de la vida diaria” y cuándo la acumulación de pequeños cambios (muchos de los cuales son los parches asistemáticos que hemos ido poniendo) ha acabado por forzar de hecho un cambio de modelo. Los sistemas sanitarios van a cambiar, tendrán que cambiar porque habrán de adaptarse a nuevas realidades. De hecho, si sus dirigentes hubieran sido capaces de abandonar la cultura burocrática en  la que se han socializado y hubieran sabido pensar proactivamente, y no sólo reactivamente, ante lo que siempre pensaron que eran “las cuestiones rudimentarias de la vida diaria”, nuestros sistemas sanitarios públicos no se encontrarían en la lamentable situación de quiebra técnica de hoy. Sabemos que todos los sistemas son inestables, por eso también sabemos que es preciso alcanzar nuevos puntos de equilibrio.

Existen hoy en día tres vectores de gasto sanitario claramente protagonistas:

         La creciente intensidad de los tratamientos médicos, muchos de los cuales carecen de lógica social porque sólo se sustentan en la necesidad de aplicar la última tecnología desarrollada por la industria. Este tipo de dudosas conductas explicaría por ejemplo en un porcentaje muy elevado el insoportable incremento en los gastos en farmacia hospitalaria, un 55% entre 2006 y 2010, como informaba EL PAÍS el pasado 10 de noviembre. Y eso que ya había crecido un 95% entre 1999 y 2005, lo cual nos habla de tasas de crecimiento anual en torno a un 15%.
        La atención sanitaria a las personas en sus últimos pocos  años de vida, especialmente en el último. Un anciano puede llegar a realizar el 80% del gasto sanitario de toda su vida en el par de años que anteceden a su muerte. Incluso se ha llegado a cuantificar: según Seshamani y Gray, el pase a la fase final del envejecimiento puede llegar a multiplicar por diez el gasto que se venía produciendo en etapas anteriores de vejez sana y cronificación.
        Los procesos asistenciales evitables, sobre todo hospitalizaciones, especialmente en lo que se refiere a problemas de continuidad de los cuidados, interacciones medicamentosas, falta de adherencia a los tratamientos, etc. En nuestro país, según el estudio ENEAS, casi uno de cada 10 pacientes hospitalizados (9.3%) presentó un ‘efecto adverso’, siendo el 43% de ellos evitables y estando relacionado casi un tercio con la medicación. En atención primaria, encontramos un porcentaje de efectos adversos algo superior, del 11.8%, el 70,2% de los cuales se clasificaron como “claramente evitables”, casi la mitad de éstos relacionados con la medicación, según el estudio APEAS. El estudio pone de manifiesto que los efectos adversos más evitables son también los más graves.

Actualmente, estos tres vectores están confluyendo: mayor intensidad de las prestaciones médicas dirigidas a cada vez más gente próxima a la muerte con crecientes efectos adversos como consecuencia de problemas notorios de coordinación y continuidad asistencial. Y por ello estamos realmente ante la tormenta perfecta.

Pero esta tormenta no se ha generado de la noche a la mañana, existen avisos claros desde hace al menos 20 años. Cabe por tanto preguntarse porqué, asistiendo en directo a la acumulación de nubarrones, las estructuras políticas directivas de los servicios públicos de salud se dedicaron a mirar para otro lado.

La respuesta es simple: para perpetuar un status quo del que formaban parte. Por no ser rentable para sus intereses. O por no atreverse. En cualquier caso, por actuar en base a conveniencias y no a convicciones.

miércoles, 1 de febrero de 2012

¡Es la seguridad de los pacientes, estúpidos!

Traje ayer a colación en el blog el caso de Amanda Trujillo, la enfermera represaliada por informar a un paciente sobre un procedimiento quirúrgico programado para el día siguiente, del cual sus médicos no le habían informado. Más allá de la polvareda levantada, probablemente con bastante parte de razón, en la blogosfera enfermera norteamericana, que lo ha diagnosticado como un claro ejemplo de menosprecio a la enfermería como profesión y a las enfermeras como profesionales, de prepotencia médica y de acoso laboral por parte del centro hospitalario, creo que es conveniente reflexionar sobre algunos aspectos esenciales. Tres, en concreto:
  •  En primer lugar, que las represalias contra los profesionales que denuncian malas prácticas asistenciales generan un ambiente de miedo que, si bien consigue que no trasciendan hacia el exterior, sólo consigue impedir que las tasas de 'eventos adversos' derivados de los errores asistenciales no sólo no desciendan, sino que  vayan en aumento. Todos los estudios retrospectivos (revisión de historias clínicas) encuentran unos porcentajes de eventos adversos alarmantes, entre el 15% y el 40% de las historias analizadas. Uno de los más recientes es éste del NEJM. Y el más (re)conocido, el del Institute of Medicine del año 2000, titulado "errar es humano", del que os dejo aquí el resumen, y que cifra en 98.000 las muertes al año, sólo en los EEUU, por errores asistenciales hospitalarios. En españa, tenemos los informes APEAS (atención primaria) y ENEAS (hospitales), que tampoco son como para tirar cohetes.
  • El segundo es el especial papel que desempeña la enfermería en la detección de eventos adversos (potenciales  y reales). Un reciente informe del Inspector General del 'Ministerio de Sanidad' de los EEUU cifra en un 86% la tasa de incidentes asistenciales no reportados; pero las enfermeras son el colectivo profesional que más incidentes descubre e informa, nada menos que el 70% del total.
Pero no es menos cierto que estas actitudes emergen a partir de culturas profesionales muy arraigadas. Las raíces afectivas y valorativas de estas culturas parecen ubicarse en el sistema límbico, donde se gobiernan las emociones, y pueden llegar a bloquear el cortex prefrontal, que dirige las actividades cerebrales más complejas, la adecuación de los comportamientos sociales y la capacidad para convivir en grupos humanos respetando reglas de convivencia. De ahí que, pese a su evidente carga de disfuncionalidad y los riesgos efectivos que conlleva, los problemas en el handoff están bastante generalizados, son difíciles de erradicar y sólo pueden evitarse con políticas claras en todos estos niveles organizacionales (clicar para agrandar):


lunes, 7 de febrero de 2011

Errores asistenciales


La Agencia Nacional de Seguridad del Paciente británica recibió, sólo para el año fiscal 2008-2009, 693.700 comunicaciones voluntarias (a partir de abril 2010 son obligatorias, antes sólo voluntarias) de incidentes serios relacionados con la seguridad de la asistencia sanitaria y los pacientes en los hospitales del NHS; ascenderían a 1.061.934 si incluimos los demás ámbitos asistenciales, según recogió en su momento el British Medical Journal.
En cuanto a los EUA, la Asociación Americana de Hospitales calculó que se producían entre 40.000 y 90.000 muertes anuales por errores asistenciales en un estudio encargado por el Institute of Medicine. El 42% de los ciudadanos de los EUA encuestados en 2002 afirmaron haber padecido ellos o sus familiares directos un error asistencial; el 24% reportó consecuencias mayores como muerte, incapacidad o dolor grave como consecuencia.
En Europa, el 26% de los 26.000 ciudadanos entrevistados a finales de 2009 (un 20% entre los españoles) afirma haber experimentado él/ella o alguien de su familia un evento adverso, aunque sólo un 28% de éstos lo denunció, según una encuesta de la Comisión Europea.

En España, el  Informe ENEAS 2005, encargado por el Ministerio de Sanidad y Consumo determinó mediante un sondeo aleatorio de 5.624 historias clínicas que un 8% de los pacientes hospitalarios fue víctima de un efecto adverso asistencial directo, que casi un 20% de estos acumuló más de uno y que en un 16% de los casos podía ser clasificado como ‘grave’ (otro 39%, ‘moderado’). Según la Encuesta de Establecimientos Sanitarios en Régimen de Internado, en 2005 hubo un total de 5.097.150 altas hospitalarias; extrapolando los datos del sondeo, 430.000 pacientes habrían sufrido efectos adversos, unos 70.000 de ellos con consecuencias graves (incidentes que ocasionan muerte o incapacidad residual al alta hospitalaria o que requirieron intervención quirúrgica). Un 4% de los efectos adversos tuvieron como consecuencia directa el fallecimiento del paciente: es decir que cada año se producirían unos 17.000 fallecimientos por errores asistenciales en los hospitales españoles.

Otro estudio publicado en el BMJ en 2009 constata que por cada cien días-paciente se producen 74,5 errores en la administración de medicamentos por vía parenteral en las unidades de cuidados intensivos y que un 0,9% de los pacientes observados (1.328 de 27 países distintos) sufrieron a causa de esos errores la muerte o un daño permanente.

Finalmente, un  informe encargado por el Institute of Medicine en 2004 ha reconocido el "papel crítico de la enfermería en la seguridad de los pacientes", su notable capacidad para detectar errores médicos, especialmente referidos a la prescripción de medicamentos o a una mala interpretación de resultados diagnósticos. Del total de errores evitados, un 86% fueron detectados por enfermeras.