Sin duda, la mayor parte de las enfermeras desean que la enfermería progrese, aunque sea por el hecho de que sus avances profesionales personales siempre estarán condicionados por la posición y el papel de la enfermería dentro de los servicios sanitarios. Pero ¿qué significa realmente 'progresar' cuando se utiliza este término en referencia a una profesión? Bueno, significa avanzar o crecer en al menos cuatro aspectos imprescindibles: poder, autonomía, potencial de crecimiento y estatus.
- Poder para participar con identidad y capacidades propias en aquellos procesos de toma de decisiones políticas, organizativas y asistenciales que tengan un impacto sobre la profesión y los profesionales.
- Autonomía para poder adoptar las decisiones facultativas que le son propias, basándose en protocolos y guías definidos básicamente por enfermeras, y para poder tener voz propia dentro de los equipos asistenciales multidisciplinarios.
- Potencial de crecimiento para poder progresar individualmente, disponer de recorridos de carrera profesional estimulantes y poder ir incorporando nuevas competencias y capacidades.
- Estatus para que, naturalmente, todas estas nuevas aportaciones sean retribuidas por su valor de mercado y las enfermeras pueden optar, al planificar sus carreras, por puestos de mayor responsabilidad con mejores retribuciones e incentivos.
¿Cómo es posible avanzar en esta dirección de progreso?
- En primer lugar, generando un estado de opinión entre los diferentes colectivos enfermeros que les permita tomar conciencia de que la mayor parte de sus problemas específicos hunden sus raíces en un claro déficit de influencia política. Y, por tanto, que mientras no se disponga de mayor capacidad de influencia la enfermería no depende de sí misma, sino del uso que de ella quieran hacer quienes sí poseen capacidad de decisión.
- En segundo lugar, organizándose y para ello sólo existen dos opciones: recuperar la organización que les pertenece y les ha sido arrebatada, la colegial, o generar desde las bases nuevos entramados asociativos, como lentamente empieza a hacerse. Cualquiera de los dos caminos será dificultoso y largo, pero no hay atajos. Son necesarios procesos de convergencia del nutrido entramado organizativo enfermero para exigir y ofrecer una alternativa al estatus quo actual. Si la enfermería no se moviliza seguirá postrada en ese cómodo ‘estado del malestar’ en que se encuentra ahora, en esa frustración llevadera pero malsana que se desprende de muchos comentarios y opiniones de enfermeras que leo y escucho.
- En tercer lugar, fomentando una mayor coordinación entre el mundo asistencial y el académico, poniendo a los departamentos de enfermería a generar desarrollos docentes que sirvan realmente a un avance de las enfermeras asistenciales. Con el grado en enfermería ya es factible que las enfermeras accedan a ciclos formativos oficiales de posgrado, como los máster, y esta formación debe enfocarse hacia la acción: dotar a las enfermeras asistenciales de conocimientos y competencias que les ayuden a reivindicarse como enfermeras de práctica avanzada, capaces de aportar soluciones nuevas a algunos de los problemas que no pueden solucionarse desde una perspectiva medicocéntrica: la medicina tiene sus limitaciones y para algunas de ellas sí tienen respuesta otras profesiones sanitarias, la enfermería de manera principal.
- En cuarto lugar, saliendo a la luz, poniéndose en frente de la opinión pública, explicando a los ciudadanos, por ejemplo, cómo sería un servicio de salud que no tuviera enfermeras, sólo médicos y personal auxiliar sin formación científico-técnica. La enfermería tiene que saber reivindicar al paciente como algo propio, no como algo que en realidad pertenece al médico: en la sanidad, quien sea visto como el ‘dueño’ del paciente tiene el poder. Sin embargo, el médico entra y sale y sólo el personal de enfermería garantiza la continuidad de la asistencia, lo cual debería hacer muy fácil, sobre todo en ciertos entornos, reivindicar al paciente como algo propio y al médico como un consultor a demanda.
- Finalmente, formalizando y ofreciendo a los poderes públicos una alternativa sensata al actual modelo de organización sustentado sobre el pensamiento biomédico. Que los servicios de salud y las organizaciones sanitarias van a experimentar cambios muy profundos, nadie en su sano juicio lo niega. Pero aquellos que se empeñen en buscar soluciones a partir de un modelo que ya es imposible de sostener van a estrellarse contra el duro muro de la realidad, de la racionalidad económica. Hay que evidenciar que muchos de los graves problemas actuales son consecuencia directa de este modelo médicocéntrico y que va a ser mucho peor cuanto más tiempo se tarde en aceptarlo.
- No habrá pediatras en los centros de salud, ya que el seguimiento al niño sano lo harán enfermeras especialistas en pediatría.
- Las enfermeras de práctica avanzada [EPA] serán la puerta de entrada al sistema, tanto en atención primaria como en ingresos no programados (urgencias).
- En crecientes ámbitos asistenciales, en lugar de ser la enfermera un recurso del médico, lo será el médico de la enfermera, con un rol de consultor, ya que será enfermería quien le derive a los pacientes para que se hagan cargo de sus necesidades médicas (una vez resueltas, en su caso, las de enfermería, incluida la prescripción farmacéutica básica).
- Las enfermeras comunitarias serán quienes realicen un seguimiento continuo en la comunidad y en sus consultas de los pacientes crónicos pluripatológicos para garantizar el seguimiento de sus tratamientos médicos y de enfermería, la adopción de hábitos de vida saludables, el comportamiento del entorno familiar y social, etc. y decidan (en colaboración con el médico, claro, pero no al revés) cuándo es preciso modificar las revisiones médicas pautadas.
- Y un largo etcétera de reformas que dinamitarán las fronteras profesionales y organizativas, ya que las tareas se encomendarán en cada ámbito local a quienes mejores resultados ofrezcan y no necesariamente a quienes tradicionalmente las venían desempeñando.









