En mi Centro de Salud hay cuatro consultas (tres médicas y una de enfermería).
En la primera (justo entrando a la izquierda), hay pegado con celo un folio en el que viene el nombre de cada paciente (apelativo referido a paciencia en esta entrada) citado, junto con un número de cita que le corresponde. Cuando uno llega a la sala de espera, pregunta a los que allí esperan "¿quién es el 14?" (a él le ha correspondido el 15) y luego "¿por qué número va?". Así sabe después de quién le toca entrar y cómo cuánto le queda de espera (medido en consultas, no en tiempo). El médico, como se ve, no levanta el culo de la silla para recibir a sus pacientes.
En la segunda (entrando a la derecha), el médico sale cada equis tiempo con la hoja de citas en la mano y nombra a los que tiene citados. Una vez que responde el primero, a éste le dice "entra usted ahora", a la señora que sigue le dice "pase después del caballero", al tercero, "después de esta señora" y así sucesivamente hasta unos cuatro o cinco pacientes.
En la tercera (al fondo a la derecha; esta es la mía), la médica sale junto al paciente que abandona su consulta y siempre (¡siempre!) señala un asiento de los 10 ó 12 que hay en la sala (exactamente el más cercano a la puerta de la consulta) y dice "¡pase!". La primera vez no pasa nada, uno piensa que todo funciona normalmente y que el caballero que ha entrado es el que legítimamente debería hacerlo en función del orden de las citas. Pero no: lógicamente, la silla que ocupaba la persona que acaba de entrar es ocupada por otra que acaba de llegar al centro de salud y que lógicamente va detrás de algunos otros que han (hemos) llegado antes. Pero no importa: cuando se abre la puerta de la consulta y sale el paciente anterior, detrás de él sale la médica, señala a la misma silla que antes y dice "¡pase!". Entonces, una señora mayor se levanta y dice "perdone es que yo he llegado antes que este señor...". La médica responde "ah, pues pase usted entonces". Pero resulta que esta señora no es el paciente que primero ha llegado, así que se levanta un joven que dice "pero es que yo estaba antes que la señora...". Y la médica dice "ah, pues pase usted entonces". El joven pasa a la consulta y el resto de los pacientes empiezan a preguntarse entre ellos "¿usted a qué hora estaba citado?", "yo, a las diezycincuentaydos, "pues yo a las diezycuarentayseis", "ah, entonces usted va antes que yo", "y yo voy después de ella, que estaba citado a las diezycincuentaynueve". Y así.
Finalmente, en la cuarta consulta, cuando un paciente sale del despacho la enfermera grita desde dentro "que pase el siguienteeeee". Otra que tampoco levanta el culo de la silla. Así que los pacientes citados en esta consulta hacen como cuando el INP (o en la frutería del mercado), preguntar "¿el último?.
Cuando uno llega por primera vez a mi centro de salud (o cambia de médico, si no es muy observador), ¿cómo demonios puede saber si tiene que mirar un papel colgado con un celo en la puerta e informarse por su cuenta de quién tiene el número anterior al suyo; esperar a que le nombren y le indiquen detrás de quién tiene que entrar; sentarse en la silla más cercana a la puerta y tratar de colarse; o simplemente preguntar como en la frutería del mercado quién es el ùltimo y esperar a escuchar desde el fondo de la caverna "que pase el siguienteeee".
Todos estos profesionales tienen encima de la mesa, cuando llegan a la consulta, una lista con sus citas. Pero únicamente la profesional de la segunda consulta muestra una cierta educación a la hora de recibir a sus pacientes. Estamos ante un sistema que permite (y no sé si incluso incentiva, dada la falta de políticas y protocolos corporativos de atención al usuario) la falta de respeto a las personas - pacientes - usuarios - clientes. Y el culpable es, simple y llanamente, el sistema y en su (in)digna representación el director o coordinador del centro de salud. Para un profesional sanitario, Autonomía Profesional no debería significar hacer lo que le de la gana incluso en aquello que no forma parte de su ámbito clínico de juicio facultativo; y los aspectos organizativos y de atención al usuario no forman parte de ello.
Probablemente, el desarrollo de protocolos para una correcta atención al usuario del Sistema Sanitario Público sea tan importante como disponer de buenos protocolos clínicos. Pero desde luego, a diferencia de estos últimos, no corresponde ni a los médicos ni las enfermeras desarrollarlos. Por eso, cuando quien debería hacerlo no lo hace, mi centro de salud se vuelve anárquico. Tomando el sentido del último artículo de Atul Gawande en The New Yorker, si esta forma de interactuar con sus clientes se le ocurre a un consultor, un arquitecto o un abogado de firmas importantes o incluso a un dependiente de Burger King o Decathlon, se va derechito a la calle.
[El cartel reproducido en la cabecera parece verídico; lo he encontrado en esta entrada del blog El parte de confirmación]
jueves, 30 de agosto de 2012
jueves, 23 de agosto de 2012
Funcionarios (III)
Comentaba en la entrega anterior de esta larga entrada que el funcionariado es el origen profesional principal de la clase política. De ahí que el acoso gubernamental al funcionariado que se ha venido produciendo en los últimos años y que se ha recrudecido en los últimos meses, hasta llegar a convertirse en un verdadero ensañamiento, tenga algo de fratricida.
Señalaba hace unos días Víctor Lapuente, en un atinado artículo de opinión en el diario El País, que la carrera política de los funcionarios tiene su punto de partida cuando acceden a los puestos funcionariales de libre designación (cuyos niveles iniciales son definidos con mayor o menor liberalidad por las comunidades autónomas, pero que pueden empezar a partir de las jefaturas de servicio) y, desde ellos, a los cargos político-funcionariales (director general, subsecretario...) o directamente políticos dentro de la administración general (secretario de estado, consejero, ministro) o institucional (empresas y fundaciones públicas).
Bien es cierto que las castas funcionariales nutricias del establishment político son las de los cuerpos superiores. Si bien estas castas funcionariales están sufriendo recortes retributivos y de efectivos, no es menos cierto que tienen mayores niveles salariales y complementos retributivos, a veces verdaderamente creativos para esconder la indignidad que conllevan, tanto del ordenante como del receptor.
El interfaz entre funcionarios en llegada (puestos que empiezan a ser importantes, mejor retribuidos, más difíciles de alcanzar si no se obtienen ayudas) y políticos en salida (los puestos más de base del escalafón político, por tamto los más accesibles para que te enchufen cuando inicias tu carrera política) es complejo, como un sistema de capilares que nutre unos tejidos muy exigentes en cuanto a fidelidades, no ya solo partidarias, sino de grupo o incluso individuales: Si hoy estás conmigo, tendrás que apostar a muerte por mí, porque si no mañana, para quien eventualmente me sustituya -aunque sea de mi/nuestro mismo partido, no te creas- serás indigno de confianza, ya que me ayudaste a mí a crecer y no a él a llegar.
Se trata de un esquema sistemático de corrupción institucional. El funcionario que, legñitimamente, quiere crecer profesionalmente, llega un momento en que tiene que empezar a vender su alma al diablo, a ofrecer fidelidades políticas que nunca hubiera ofrecido y a actuar sin la objetividad administrativa que aceptó como leit motiv profesional, para poder llegar a los puestos donde realmente podría ser de mayor utilidad a su administración pública y a la ciudadanía; pero cuando llega es cuando ya se ve obligado a traicionar sus convicciones de servicio público.
Esto no sucede de un día para otro (salvo que se trate de un trepa muy bien relacionado), sino que se trata de una carrera, como la del yonqui, en la que cada paso dado hace muy difícil volver atrás. Tu vida profesional pasa a depender de tu protector, que puede enviarte de nuevo a los infiernos para, como Sísifo, tener que empezar a ascender de nuevo por la inhóspita y escarpada montaña de la función pública.
Y aquí, ahora, ya sólo quedan cuatro estrategias:
Y eso explica que alguien dijera una vez que los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los más inútiles son los que están más arriba.
Señalaba hace unos días Víctor Lapuente, en un atinado artículo de opinión en el diario El País, que la carrera política de los funcionarios tiene su punto de partida cuando acceden a los puestos funcionariales de libre designación (cuyos niveles iniciales son definidos con mayor o menor liberalidad por las comunidades autónomas, pero que pueden empezar a partir de las jefaturas de servicio) y, desde ellos, a los cargos político-funcionariales (director general, subsecretario...) o directamente políticos dentro de la administración general (secretario de estado, consejero, ministro) o institucional (empresas y fundaciones públicas).
Bien es cierto que las castas funcionariales nutricias del establishment político son las de los cuerpos superiores. Si bien estas castas funcionariales están sufriendo recortes retributivos y de efectivos, no es menos cierto que tienen mayores niveles salariales y complementos retributivos, a veces verdaderamente creativos para esconder la indignidad que conllevan, tanto del ordenante como del receptor.
El interfaz entre funcionarios en llegada (puestos que empiezan a ser importantes, mejor retribuidos, más difíciles de alcanzar si no se obtienen ayudas) y políticos en salida (los puestos más de base del escalafón político, por tamto los más accesibles para que te enchufen cuando inicias tu carrera política) es complejo, como un sistema de capilares que nutre unos tejidos muy exigentes en cuanto a fidelidades, no ya solo partidarias, sino de grupo o incluso individuales: Si hoy estás conmigo, tendrás que apostar a muerte por mí, porque si no mañana, para quien eventualmente me sustituya -aunque sea de mi/nuestro mismo partido, no te creas- serás indigno de confianza, ya que me ayudaste a mí a crecer y no a él a llegar.
Se trata de un esquema sistemático de corrupción institucional. El funcionario que, legñitimamente, quiere crecer profesionalmente, llega un momento en que tiene que empezar a vender su alma al diablo, a ofrecer fidelidades políticas que nunca hubiera ofrecido y a actuar sin la objetividad administrativa que aceptó como leit motiv profesional, para poder llegar a los puestos donde realmente podría ser de mayor utilidad a su administración pública y a la ciudadanía; pero cuando llega es cuando ya se ve obligado a traicionar sus convicciones de servicio público.
Esto no sucede de un día para otro (salvo que se trate de un trepa muy bien relacionado), sino que se trata de una carrera, como la del yonqui, en la que cada paso dado hace muy difícil volver atrás. Tu vida profesional pasa a depender de tu protector, que puede enviarte de nuevo a los infiernos para, como Sísifo, tener que empezar a ascender de nuevo por la inhóspita y escarpada montaña de la función pública.
Y aquí, ahora, ya sólo quedan cuatro estrategias:
- La más improbable, el downsizing, renunciar a esos puestos tan codiciados, a conquistar el ochomil, y asentarte en un confortable campamento base.
- La más arriesgada: abandonar la expedición y tratar de ponerte en valor en el mercado.
- La más aventurera, decidir abandonar esa zona gris para dar el salto definitivo a la política institucional, primero de la mano de tu chulo, apuñalándolo después para servir a otro con mayores influencias, trabajando mucho tu perfil orgánico con los compañeros de partido y, finalmente, tratando de llegar a la Política (con mayúsculas), donde, si no lo haces demasiado mal, podrás saltar de una administración a otra, quizás al parlamento regional, algunos consejos de dirección bien remunerados y poco exigentes, un día tal vez consejero o secretario de estado... ¿porqué no ministro (viendo lo visto)?
- Y la más fácil, aquella en la que el funcionario práctico planifica una carrera eficiente, tratando de no significarse mucho -es decir, dejando que los méritos se los apunte su jerifalte del momento-, consolidando nivel tras nivel, hasta llegar a la mítica vocalía-asesora-nivel-30, donde uno tiene garantizados de por vida 50.000 o 60.000 euros anuales (dependiendo de los trienios). Con la ventaja de que, como has tenido tantos protectores eres demasiado promiscuo como para que nunca nadie vuelva a tratar de seducirte, asñi que no te molestan mucho. Lo que hagas en los ¿15, 20 años? que te quedan para jubilarte es cosa tuya, hay dos caras de la moneda. En la Cara A, se estudia y se mantiene uno actualizado, publica artículos, acude a congresos, hace informes de oficio -que en general nadie lee-, realiza su doctorado y trata de ser un buen servidor público cuando le dejan. En la Cara B, uno considera el puesto una canonjía que se ha ganado a pulso y dedicará el resto de su vida a vivir del cuento, trincar los 4.000 euros mensuales y aprovechar las circunstancias para realizar actividades de influencia más o menos reprochables, más o menos provechosas. Yo conozco las dos caras de esta moneda, pero revisando mis aprecios, casualmente sólo los encuentro entre los de la cara A.
Y eso explica que alguien dijera una vez que los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los más inútiles son los que están más arriba.
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jueves, 16 de agosto de 2012
Funcionarios (II)
1.- Los anglosajones (y en general en toda la Commonwealth) los denominan civil servants (a veces, public servants) y todos ellos conforman el civil service. En la Vieja Europa solemos llamarlos funcionarios y conforman la función pública.
Aunque es evidente que servicio tiene más carga social y política que función, ambas terminologías son arcaicas, una herencia lingüística fuertemente anclada en el pasado, cuya supervivencia sólo puede explicarse por el elitismo de las élites burocráticas (y no es una redundancia; puede haber élites que no se comporten de manera elitista), fuente nutricia por excelencia de las élites políticas, de ahí que no hayan caído en desuso y aún supongan un label exquisito para unas élites político-funcionariales cada vez menos apreciadas.
El Diccionario de la Real Academia española patina claramente cuando define funcionario: persona que desempeña un empleo público. En las administraciones públicas además de funcionarios hay otros empleados, normalmente denominados personal laboral. Antes que denominar funcionarios (la parte) a todos los trabajadores en nómina de las administraciones públicas (el todo), sin duda es más exacta la denominación empleados públicos, la cual es además jurídicamente más correcta.
2.- Más de una vez he escuchado a profesionales sanitarios del SNS defenderse del supuesto estigma social diciendo que ellos no son funcionarios, sino personal estatutario. Aunque el personal docente e investigador y el estatutario del SNS se rigen por normas propias porque así lo prevé la legislación, en realidad se trata de cuerpos funcionariales específicos. De hecho, el Estatuto Básico del Empleado Público dice (art.2.4) que cada vez que este Estatuto haga mención al personal funcionario de carrera se entenderá comprendido el personal estatutario de los Servicios de Salud.
3.- Pero, ay, los medios de comunicación adoran la palabra funcionario y creen que ésta puede utilizarse sin problemas para referirse a todos los empleados públicos. Así, por ejemplo, cuando el texto de una noticia dice -correctamente- que la supresión este año de la paga extra de Navidad a los empleados públicos supondrá reducir en casi 1.000 millones de euros la recaudación por IRPF, el titular, que debe ser más contundente, nos informa de que el Estado ingresará casi 1.000 millones menos por la supresión de la paga extra a los funcionarios. De hecho, si uno teclea en google-noticias paga extra funcionarios obtiene 22.800 resultados; pero si teclea paga extra empleados públicos los resultados son sólo 10.800. La parte por el todo.
4.- Probablemente, a los ciudadanos la palabra funcionario les cae antipática. Así lo reconoce un alto funcionario (jubilado):
5.- Resulta curioso que, siendo España un país con un porcentaje de funcionarios sobre su población activa relativamente moderado, la BBC nos calificara hace un par de años como "El país de los funcionarios", describiendo así la situación: Contrato indefinido y blindado frente a despidos, sueldo estable y buen horario. Así es el paraíso para miles de españoles que sueñan con ser funcionarios. España acaba de superar por primera vez los tres millones de empleados públicos (...) ¿Puede un país vivir del empleo público?"
6.- Tenemos, pues, una misma palabra, funcionario, que se usa tanto como sustantivo, como calificativo. Cuando a la opinión pública la interrogamos sobre los funcionarios, así en general, responden refiriéndose al término como calificativo, antes que como sustantivo, ya que no se refieren a su médico o enfermera, al maestro de sus hijos o al bombero que le ayudó a salir de un ascensor bloqueado o le salvó de un incendio, sino al indolente ventanillero que renueva su pasaporte, al torvo inspector de hacienda que husmea en su declaración fiscal, al aempático mesero de la oficina de (des)empleo que sabe que nunca tendrá que sentarse al otro lado de la mesa, incluso al ruidoso cartero que aporrea todos los telefonillos del portal para poder repartir la correspondencia. Cuando un guardia civil o un policía multa a un ciudadano aplicando leyes y reglamentos administrativos, es un funcionario (calificativo); pero cuando un guardia civil o un policía se juegan la vida para defender sus derechos y libertades, es un héroe del que nunca se hace notar que es eso, un funcionario (sustantivo).
Aunque es evidente que servicio tiene más carga social y política que función, ambas terminologías son arcaicas, una herencia lingüística fuertemente anclada en el pasado, cuya supervivencia sólo puede explicarse por el elitismo de las élites burocráticas (y no es una redundancia; puede haber élites que no se comporten de manera elitista), fuente nutricia por excelencia de las élites políticas, de ahí que no hayan caído en desuso y aún supongan un label exquisito para unas élites político-funcionariales cada vez menos apreciadas.
El Diccionario de la Real Academia española patina claramente cuando define funcionario: persona que desempeña un empleo público. En las administraciones públicas además de funcionarios hay otros empleados, normalmente denominados personal laboral. Antes que denominar funcionarios (la parte) a todos los trabajadores en nómina de las administraciones públicas (el todo), sin duda es más exacta la denominación empleados públicos, la cual es además jurídicamente más correcta.
2.- Más de una vez he escuchado a profesionales sanitarios del SNS defenderse del supuesto estigma social diciendo que ellos no son funcionarios, sino personal estatutario. Aunque el personal docente e investigador y el estatutario del SNS se rigen por normas propias porque así lo prevé la legislación, en realidad se trata de cuerpos funcionariales específicos. De hecho, el Estatuto Básico del Empleado Público dice (art.2.4) que cada vez que este Estatuto haga mención al personal funcionario de carrera se entenderá comprendido el personal estatutario de los Servicios de Salud.
3.- Pero, ay, los medios de comunicación adoran la palabra funcionario y creen que ésta puede utilizarse sin problemas para referirse a todos los empleados públicos. Así, por ejemplo, cuando el texto de una noticia dice -correctamente- que la supresión este año de la paga extra de Navidad a los empleados públicos supondrá reducir en casi 1.000 millones de euros la recaudación por IRPF, el titular, que debe ser más contundente, nos informa de que el Estado ingresará casi 1.000 millones menos por la supresión de la paga extra a los funcionarios. De hecho, si uno teclea en google-noticias paga extra funcionarios obtiene 22.800 resultados; pero si teclea paga extra empleados públicos los resultados son sólo 10.800. La parte por el todo.
4.- Probablemente, a los ciudadanos la palabra funcionario les cae antipática. Así lo reconoce un alto funcionario (jubilado):
El funcionario público no está bien visto por la ciudadanía y es general el identificarlo con el comportamiento burocrático. Lo normal es que se piense que tiene un trabajo cómodo y garantizado, lo que implica, según opiniones comunes, un privilegio frente a los trabajadores del mundo civil [sic].Y bajo la apariencia de la broma (no olvidemos a Freud y su El chiste y su relación con el inconsciente), encontramos la siguiente perla:
Funcionario: Dicese de aquellas personas que saben leer, comer, dormir, chatear, limarse las uñas, hablar, conspirar, cotillear, mascar chicle, desaparecer, sacarte de quicio y un sinfín de actividades más entre las que no están incluidas la que debieran hacer: trabajar. Se trata de una de las especies más inteligentes del universo ya que logran crear las más ingeniosas artimañas para escaquearse del curro. Tienen una rarisima habilidad por la cual absorben fondos públicos hacia sus nominas, de manera que se cierra el ciclo de la pasta [si eres fuuncionario, te recomiendo que no sigas leyendo esta imaginativa entrada, es tan irritante y cutre como pretendidamente ingeniosa].Pero, bueno, parece ser cierto que en el imaginario público el arquetipo 'funcionario' no goza de mucho prestigio y sí de bastante animadversión, lo cual hace que sea relativamente fácil para ciertos políticastros, en lugar de adoptar medidas que estimulen realmente la eficiencia, calidad, transparencia y control de costes de las administraciones públicas (y de paso, la imagen social de los servidores públicos), embestir contra el funcionariado ante la indiferencia de un público que sólo piensa: "si ya han jodido a los parados, a los pensionistas, a los trabajadores del sector privado, a los enfermos, a los dependientes, a los alumnos... pues está bien que metan mano también a esta casta de privilegiados que siempre se creyó a salvo de la tijera porque quienes la utilizan son sus primos hermanos".
5.- Resulta curioso que, siendo España un país con un porcentaje de funcionarios sobre su población activa relativamente moderado, la BBC nos calificara hace un par de años como "El país de los funcionarios", describiendo así la situación: Contrato indefinido y blindado frente a despidos, sueldo estable y buen horario. Así es el paraíso para miles de españoles que sueñan con ser funcionarios. España acaba de superar por primera vez los tres millones de empleados públicos (...) ¿Puede un país vivir del empleo público?"
6.- Tenemos, pues, una misma palabra, funcionario, que se usa tanto como sustantivo, como calificativo. Cuando a la opinión pública la interrogamos sobre los funcionarios, así en general, responden refiriéndose al término como calificativo, antes que como sustantivo, ya que no se refieren a su médico o enfermera, al maestro de sus hijos o al bombero que le ayudó a salir de un ascensor bloqueado o le salvó de un incendio, sino al indolente ventanillero que renueva su pasaporte, al torvo inspector de hacienda que husmea en su declaración fiscal, al aempático mesero de la oficina de (des)empleo que sabe que nunca tendrá que sentarse al otro lado de la mesa, incluso al ruidoso cartero que aporrea todos los telefonillos del portal para poder repartir la correspondencia. Cuando un guardia civil o un policía multa a un ciudadano aplicando leyes y reglamentos administrativos, es un funcionario (calificativo); pero cuando un guardia civil o un policía se juegan la vida para defender sus derechos y libertades, es un héroe del que nunca se hace notar que es eso, un funcionario (sustantivo).
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lunes, 13 de agosto de 2012
Sitios de interés: National League for Nursing
Creo que se trata de un útil recurso para los docentes de las facultades de enfermería. La National League for Nursing es una institución fundada a finales del siglo XIX (de hecho, se trata de la primera organización enfermera de Estados Unidos), con la voluntad, aún hoy vigente, de ayudar a los docentes en su crítica tarea de formar a las futuras enfermeras y de generar un potente liderazgo intelectual y científico enfermero. Aunque su utilidad es infinitamente mayor para las enfermeras norteamericanas, ya que dispone de una amplia oferta de cursos y certificaciones nacionales, creo que a muchos docentes españoles les merecerá la pena aprovechar sus (merecidas) vacaciones para echar una ojeada a su oferta de recursos docentes y publicaciones (y seguro que hay algo más de lo que yo he podido ver en mi rápida visita).
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viernes, 10 de agosto de 2012
Así no, así sí
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miércoles, 8 de agosto de 2012
Funcionarios (I)
Fui funcionario de carrera (es decir, por oposición; más exactamente dos) en la sanidad pública nada menos que 18 años (1977 - 1995) y algunos de ellos suponen seguramente la parte más estimulante y feliz de estos largos 35 años de vida profesional.
Empecé como celador de hospital (mientras estudiaba la carrera, aunque entre medias me casé y hasta tuve tiempo para tener mi primer hijo) y acabé de director general; en esta larga carrera no di ningún pelotazo político; crucé peldaño a peldaño, sin saltos, todo el recorrido profesional: fui celador, técnico de gestión, jefe de negociado, jefe de sección, jefe de servicio, subdirector general y director general. Evidentemente, fui dirigido por muchos funcionarios, pero también dirigí a otros muchos, así que he conocido funcionarios de todo pelaje, como indio y también como jefe.
Tras conseguir alcanzar, aún muy joven, mi nivel de incompetencia, decidí que con 40 años, al menos 25 de curro por delante, no iba a pasarme el resto de mi vida dando codazos para que cada vez que cambiara el color político del gobierno de turno jugaran con mi sillón para encalomar a otro (como, por ejemplo, bochornosa e indignamente pasa estos días en Radio Televisión Española, aunque este es tan solo el ejemplo de mayor actualidad). Tampoco, con sólo esos 40 años, iba a permitirme una canongía-nivel 30 consolidado-vocal asesor de por vida -¡quién lo pillara hoy!-, el cuerpo me pedía marcha y la cabeza, retos. Así que empecé a trabajar en el sector privado como consultor de organizaciones y servicios. Y trabajé muchas veces para administraciones públicas, no sólo del sector sanitario. Y ahí también tuve que tratar con muchos funcionarios (más jefes, todo hay que decirlo, que indios, aunque a menudo también con estos).
Y qué decir de mi vida como ciudadano, como un ciudadano que pasa por buenos y malos momentos. Como es lógico, también tuve que relacionarme con un montón de funcionarios (estos casi siempre indios): médicos, enfermeras y personal administrativo en centros sanitarios; ventanilleros en la DGT, el INEM, la Seguridad Social, los Registros, el Tesoro, Hacienda, registro civil y en muchos registros de administraciones públicas; renovando el pasaporte o el DNI; policías y guardias civiles de tráfico; jueces y oficiales de juzgado; profesores (los de mis hijos y también los míos universitarios); carteros, bomberos y ambulancieros; más un seguro que largo etcétera.
De muchos de ellos dependí en su momento para solucionar asuntos importantes -a veces, críticos- en mi vida, aunque otras veces sólo supusieron un coñazo: trámites que las administraciones públicas me obligaron a atender. En algunas ocasiones sentí que querían ayudarme; la mayor parte de las veces, no.
Como es lógico, tanto en mi profesión como en mi papel de ciudadano he tenido que lidiar con otros tantos indios no funcionarios (es decir, del sector privado), con respecto a los cuales también en algunas ocasiones sentí que querían ayudarme, aunque también la mayor parte de las veces, no. No creo que haya grandes diferencias entre las diferentes tribus indias, sean del sector público o del privado, al menos si no entro en consideraciones de costes y pagos, sólo de trato y profesionalidad.
Por eso, por esta larga historia de amor-odio, sin medias tintas, no me resulta posible asistir como un mero espectador neutral a la intensiva y extensiva operación de acoso y derribo al empleado público en que están involucrados, con mayor o menor virulencia, todos los gobiernos, central o autonómicos, con el entusiasta apoyo de sus pajilleros mediáticos (de uno o uno signo). Pero tampoco me está gustando la liturgia con la que desde numerosos ámbitos, entre ellos la blogosfera funcionarial, se está respondiendo a esta agresión, cerrando filas sin apenas ningún atisbo de autocrítica. Lo entiendo en las burocracias sindicales, estructuralmente negadas a cualquier tipo de pensamiento crítico que se salga del manual, pero no entre gente que dedica buena parte de sus escasas horas libres a proponer, argumentar y debatir ideas en la blogosfera.
Hay un sagrado ritual cada año cuando se publican los resultados del Informe PISA sobre rendimiento escolar y España se sitúa sistemáticamente en los puestos de cola de la OCDE: los periódicos se llenan de cartas al director de los supuestos principales actores de esta tragedia, es decir, de profesores que, indignados reparten culpas a los políticos (que utilizan la educación como si fuera su cortijo); el gobierno (que pasa olímpicamente del tema); los directivos y jefes (todos nombrados a dedo por su afinidad política); las autonomías (que merman cada año los recursos, llenan las aulas de los centros públicos de inmigrantes, pero no proporcionan refuerzos para los alumnos con mayores necesidades); el ministerio de educación (que se empeña en continuas reformas sin sentido); los alumnos (que no tienen cultura del esfuerzo); los padres (que no se la inculcan, desatienden a sus hijos y se ponen contra los profesores cuando hay problemas disciplinarios)... ¡Ah! Y en el culpable contra el que más se deleitan: los malvados pedagogos, 'supuestos expertos' que no tienen ni idea de lo que pasa en realidad en las aulas.
Sin duda, todo lo anterior tiene mucho de cierto y hace que su tarea no sea nada fácil, pero lo que no se entiende es que jamás, jamás, se lea la más leve autocrítica. Y digo yo que algo, aunque sea un poquito, tendrán que ver los profesores en la formación de sus alumnos y en sus resultados docentes. Y que habrá profesores mejores y peores y centros que, con los mismos hándicaps, eduquen mejor que otros y viceversa. O, como suelo argumentar, con el mismo (perverso) régimen estatutario, los mismos incentivos (negativos), las mismas (escuálidas) nóminas, (desincentivadoras) carreras profesionales y (aberrantes) productividades, hay hospitales en los que se pierden las historias clínicas y hospitales en los que están puntualmente encima de las meses de las consultas cuando accede cada paciente.
Por eso quiero argumentar -aunque posiblemente incomode a algunos, lo lamento- sobre el asunto y tratar de dar respuesta a algunas preguntas que me surgieron leyendo esta bonita proclama en el blog La melodía encadenada y todos los comentarios que ha suscitado que he podido revisar, ya que son más de 500. ¿Existe realmente una funcionario-fobia que quiere hacer que los empleados públicos "parezcan ante nuestra sociedad como los máximos responsables de la actual situación de crisis que sufre nuestro país"?
Probablemente, sí. Pero no es coyuntural.
Empecé como celador de hospital (mientras estudiaba la carrera, aunque entre medias me casé y hasta tuve tiempo para tener mi primer hijo) y acabé de director general; en esta larga carrera no di ningún pelotazo político; crucé peldaño a peldaño, sin saltos, todo el recorrido profesional: fui celador, técnico de gestión, jefe de negociado, jefe de sección, jefe de servicio, subdirector general y director general. Evidentemente, fui dirigido por muchos funcionarios, pero también dirigí a otros muchos, así que he conocido funcionarios de todo pelaje, como indio y también como jefe.
Tras conseguir alcanzar, aún muy joven, mi nivel de incompetencia, decidí que con 40 años, al menos 25 de curro por delante, no iba a pasarme el resto de mi vida dando codazos para que cada vez que cambiara el color político del gobierno de turno jugaran con mi sillón para encalomar a otro (como, por ejemplo, bochornosa e indignamente pasa estos días en Radio Televisión Española, aunque este es tan solo el ejemplo de mayor actualidad). Tampoco, con sólo esos 40 años, iba a permitirme una canongía-nivel 30 consolidado-vocal asesor de por vida -¡quién lo pillara hoy!-, el cuerpo me pedía marcha y la cabeza, retos. Así que empecé a trabajar en el sector privado como consultor de organizaciones y servicios. Y trabajé muchas veces para administraciones públicas, no sólo del sector sanitario. Y ahí también tuve que tratar con muchos funcionarios (más jefes, todo hay que decirlo, que indios, aunque a menudo también con estos).
Y qué decir de mi vida como ciudadano, como un ciudadano que pasa por buenos y malos momentos. Como es lógico, también tuve que relacionarme con un montón de funcionarios (estos casi siempre indios): médicos, enfermeras y personal administrativo en centros sanitarios; ventanilleros en la DGT, el INEM, la Seguridad Social, los Registros, el Tesoro, Hacienda, registro civil y en muchos registros de administraciones públicas; renovando el pasaporte o el DNI; policías y guardias civiles de tráfico; jueces y oficiales de juzgado; profesores (los de mis hijos y también los míos universitarios); carteros, bomberos y ambulancieros; más un seguro que largo etcétera.
De muchos de ellos dependí en su momento para solucionar asuntos importantes -a veces, críticos- en mi vida, aunque otras veces sólo supusieron un coñazo: trámites que las administraciones públicas me obligaron a atender. En algunas ocasiones sentí que querían ayudarme; la mayor parte de las veces, no.
Como es lógico, tanto en mi profesión como en mi papel de ciudadano he tenido que lidiar con otros tantos indios no funcionarios (es decir, del sector privado), con respecto a los cuales también en algunas ocasiones sentí que querían ayudarme, aunque también la mayor parte de las veces, no. No creo que haya grandes diferencias entre las diferentes tribus indias, sean del sector público o del privado, al menos si no entro en consideraciones de costes y pagos, sólo de trato y profesionalidad.
Por eso, por esta larga historia de amor-odio, sin medias tintas, no me resulta posible asistir como un mero espectador neutral a la intensiva y extensiva operación de acoso y derribo al empleado público en que están involucrados, con mayor o menor virulencia, todos los gobiernos, central o autonómicos, con el entusiasta apoyo de sus pajilleros mediáticos (de uno o uno signo). Pero tampoco me está gustando la liturgia con la que desde numerosos ámbitos, entre ellos la blogosfera funcionarial, se está respondiendo a esta agresión, cerrando filas sin apenas ningún atisbo de autocrítica. Lo entiendo en las burocracias sindicales, estructuralmente negadas a cualquier tipo de pensamiento crítico que se salga del manual, pero no entre gente que dedica buena parte de sus escasas horas libres a proponer, argumentar y debatir ideas en la blogosfera.
Hay un sagrado ritual cada año cuando se publican los resultados del Informe PISA sobre rendimiento escolar y España se sitúa sistemáticamente en los puestos de cola de la OCDE: los periódicos se llenan de cartas al director de los supuestos principales actores de esta tragedia, es decir, de profesores que, indignados reparten culpas a los políticos (que utilizan la educación como si fuera su cortijo); el gobierno (que pasa olímpicamente del tema); los directivos y jefes (todos nombrados a dedo por su afinidad política); las autonomías (que merman cada año los recursos, llenan las aulas de los centros públicos de inmigrantes, pero no proporcionan refuerzos para los alumnos con mayores necesidades); el ministerio de educación (que se empeña en continuas reformas sin sentido); los alumnos (que no tienen cultura del esfuerzo); los padres (que no se la inculcan, desatienden a sus hijos y se ponen contra los profesores cuando hay problemas disciplinarios)... ¡Ah! Y en el culpable contra el que más se deleitan: los malvados pedagogos, 'supuestos expertos' que no tienen ni idea de lo que pasa en realidad en las aulas.
Sin duda, todo lo anterior tiene mucho de cierto y hace que su tarea no sea nada fácil, pero lo que no se entiende es que jamás, jamás, se lea la más leve autocrítica. Y digo yo que algo, aunque sea un poquito, tendrán que ver los profesores en la formación de sus alumnos y en sus resultados docentes. Y que habrá profesores mejores y peores y centros que, con los mismos hándicaps, eduquen mejor que otros y viceversa. O, como suelo argumentar, con el mismo (perverso) régimen estatutario, los mismos incentivos (negativos), las mismas (escuálidas) nóminas, (desincentivadoras) carreras profesionales y (aberrantes) productividades, hay hospitales en los que se pierden las historias clínicas y hospitales en los que están puntualmente encima de las meses de las consultas cuando accede cada paciente.
Por eso quiero argumentar -aunque posiblemente incomode a algunos, lo lamento- sobre el asunto y tratar de dar respuesta a algunas preguntas que me surgieron leyendo esta bonita proclama en el blog La melodía encadenada y todos los comentarios que ha suscitado que he podido revisar, ya que son más de 500. ¿Existe realmente una funcionario-fobia que quiere hacer que los empleados públicos "parezcan ante nuestra sociedad como los máximos responsables de la actual situación de crisis que sufre nuestro país"?
Probablemente, sí. Pero no es coyuntural.
lunes, 6 de agosto de 2012
Sitios de interés: National Nursing Research Unit (King's College)
Ya he recurrido a la National Nursing Research Unit [NNRU] de la universidad británica King's College en un par de ocasiones (sobre la 'sala de enfermería productiva' la primera; sobre infecciones nosocomiales la segunda) para introducir en el blog algunas innovaciones, estudios o investigaciones sobre enfermería que llegan a mi conocimiento y considero que pudieran ser de interés para otros profesionales que suelen consultar el blog.
Pero la NNRU contiene mucha más información que la mínima fracción que yo he podido destacar, así que aprovechando el verano os recomiendo que enlacéis su web, en la que podréis consultar y descargar sin coste sus publicaciones e informes. También podéis suscribiros a su boletín Policy+ que en apenas dos páginas sintetiza una vez al mes el estado del arte de muchos temas relevantes para la profesión enfermera y sus profesionales.
Pero la NNRU contiene mucha más información que la mínima fracción que yo he podido destacar, así que aprovechando el verano os recomiendo que enlacéis su web, en la que podréis consultar y descargar sin coste sus publicaciones e informes. También podéis suscribiros a su boletín Policy+ que en apenas dos páginas sintetiza una vez al mes el estado del arte de muchos temas relevantes para la profesión enfermera y sus profesionales.
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investigación,
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